La violencia, jurídicamente hablando es “un vicio del consentimiento que consiste en la coacción física o moral que una persona ejerce sobre otra, con el objeto que ésta dé su consentimiento para la celebración de un contrato que por su libre voluntad no habría otorgado.”; la violencia a secas es una “fuerza extremada, intensidad, abuso de la fuerza”. También, por lo demás, existe la Violencia intrafamiliar y otros tipos de violencia que, en general hablan o se refieren a una situación de anormalidad que atenta contra la integridad, el consentimiento de las personas o la estabilidad de un sistema.
En los últimos meses hemos observado, constatado y respirado violencia, desde la más bruta que es la física con puños, palos, piedras y vehículos, a la más sofisticada, pero no menos brutal, de las expresiones, las palabras y las amenazas; desde adentro y en la periferia de nuestro sistema de convivencia.
Lo complejo del fenómeno de la violencia es que va en aumento, si una persona le enrostra a otra un error o un acto indebido, la persona apercibida se ve en la obligación de imputar una conducta peor a aquella que la interpela, y así va creciendo sin razón hasta que alguno se cansa, se asusta o se produce una tragedia.
Lamentablemente creo que los niveles de violencia, activa y pasiva, en nuestra patria están empezando un proceso de descontrol, pues parece que nadie está dispuesto a detenerlo, a invitar a la cordura a la mesa de un diálogo o de varios diálogos; de esta forma, cuando la violencia se instala como forma de expresión, de interlocución, de acción o de reacción, el resultado es previsiblemente triste e imposible de evitar.
Siguiendo la historia podemos concluir que el inicio de la violencia implica la pérdida de la razón, la oscuridad en las artes y el inicio de la arbitrariedad en el ejercicio de las potestades, sean potestades públicas o privadas, imponiendo los caprichos y las consideraciones íntimas en las decisiones… y una vez que la arbitrariedad entra a tu casa, no es fácil su salida.
Lo que veo no me gusta, lo que veo me deprime, aquello que veo no lo quiero para mis hijos ni mucho menos para mis hermanos, porque después de la violencia viene el ocaso de la razón y no se trata de quien queda en pie, pues siempre quedan menos de los que debería.
Sólo una aclaración antes de cerrar esta columna, veo mucha violencia, pero no en los jóvenes que, con contundencia, claridad y constancia continúan su lucha por una educación exenta del paradigma del lucro y mejore niveles de calidad, y frente a ello, alguna esperanza queda que nuestro sistema no colapse, pues si existe una violencia insana e ilegítima en una Nación es la que se anida en aquellos que durante años han respirado y crecido en la exclusión, sin derechos a esperanzas ni posibilidades de ser mejores, aquellos que durante años de vida sólo han masticado frustración y penas, viendo a sus padres morir más pobres que cuando nacieron.