La niña era un pequeño ser abierto a los infinitos mundos que habitaba, el mundo de la maravillosa naturaleza austral, el mundo de los humanos: su familia y los otros; estaban también los mil universos que se insinuaban al interior abismal de su psiquis, de su alma, en sus células y en las plásticas neuronas en expansión. La niña exploraba, sentía, curioseaba. Sabia de saber y sabía de gustar.
“Hoy los archivos se desbordan de psicopatías y prejuicios, de mutiladas fantasías del horror, de remendados en la frente y el amor” (S. Rodríguez).
Ave María Purísima. Sin pecado concebida. ¿Hace cuánto que no se confiesa hija mía? ….. Has pecado? Sí padre, le contesté a mi mamá, le pegué a mi hermano chico, soy muy desobediente…. hice “cosas malas”. Y dime, hija, qué cosas malas…… Ah, y cómo lo hacías?.... Cuándo lo hacías?.... ¿Con quién?.....
Así, desde los 7 años cuando hizo la Primera Comunión hasta adolescente y más. El infierno entró en su vida chamuscando con sus lenguas ardientes, por adelantado aquí en la tierra, toda una parte de su saber; saber de sí misma, del experimentar para saber, porque venía equipada de cientos de terminales nerviosas que la hacían sentir. La culpa la apabulló y vivió una “doble vida”. Supo del pecado mortal desde su más tierna infancia, porque una vez accedió a “jugar a tocarse” con el albañil que ayudaba en su casa (esa vez se desmayó en el confesionario y no se acuerda de nada más) y así otros juegos que, eso sí, fueron con otros niños y niñas, pero igualmente de la categoría “pecado mortal”.
Quien crea que los niños y las niñas son seres pasivos, que viven una especie de latencia en su sexualidad en algún momento de su infancia (7 a 12 años), se equivoca. Se equivocó el “tatita Freud” (en fin, si se caen los aviones…)
Bien, la niña creció y ahora, luego de años de terapias varias, se perdonó a sí misma pero está cierta que nunca jamás perdonará a quienes por su propia maldad, le robaron el goce de saber, de sentir, de explorar sin culpa. Retorcidos que reducen “lo valórico” a la genitalidad y alimentan su morbosidad en la impunidad de las sotanas, delantales de profesores, de médicos, educadoras, uniformes de policía; ropajes que le cubren el sexo de la entrepierna pero que se asoma impúdico en sus mentes morbosas.
Hoy soplan nuevos vientos y hay una epidemia de denuncias por abusos hacia la infancia; sin embargo preocupa que los padres, las madres, los especialistas, los medios de comunicación, los jueces y peritos, hayan “descubierto” esta realidad del abuso, entre ellos el sexual hacia los niños y niñas en la más amplia gama de realidades, y estén reemplazando esa segunda victimización del confesionario, por la de los interrogatorios, los exámenes, la exposición de sus familias en cuanto noticiero existe.
¡Respeto señoras y señores! Ojo piojo los adultos con sus pares, incluyendo al abuelito chocho, el curita amigo, la madrina buena onda. Respeto por la persona de niños y niñas los que tienen derecho a crecer sin estigmas y sin mutilaciones en la comunidad que los acoge.