Vegetarianos versus veganos (Parte II)

por Alejandra Mancilla | alejandra@test.cl | 12 de junio de 2011

Si viviera en el campo y pudiera tener gallinas que me dieran huevos, vacas que me dieran leche y ovejas que me dieran lana, creo que no tendría reparos en hacerlas parte de mi familia. Sin duda les pondría un nombre, y probablemente dedicaría tiempo a interactuar con ellas y reconocer sus diferentes personalidades. A pesar de mis limitadas incursiones al mundo de los animales domésticos, no tengo dudas de que cada uno de ellos es un ser con un carácter especial, igual que cualquier humano, y que se relacionan con uno si uno quiere relacionarse con ellos. Como vivo en la ciudad, sin embargo, el sueño del gallinero propio y del queso casero está lejano, y debo conformarme por mientras con huevos y quesos de otros campos, de gente en la que confío que trata bien a sus animales y les da una vida buena.
Pero esto para un vegano es insuficiente y es hipocresía. El ala más extrema del vegetarianismo, los veganos no consumen ni usan ningún producto de origen animal: en su dieta no hay huevos ni leche, ni siquiera miel; en su clóset no hay cuero ni lana ni seda ni piel; y en su botiquín no existen las cremas ni los cosméticos probados en animales. Si las razones de los vegetarianos son variadas, las de los veganos suelen reducirse a una: la creencia de que los animales son sujetos de derechos, con una vida autónoma e intereses propios, y que respetarlos significa abstenerse de explotarlos, ya sea para transformarlos en comida, ropa o incluso mascotas (la relación dueño-Bobby se considera de subordinación y de paternalismo inaceptable). Muchos veganos -y en esto algunos vegetarianos se les suman- añaden una consideración ambiental: la producción de carne es una de las industrias más contaminantes y menos eficientes que existe: no sólo dispara el cambio climático, con las altas emisiones de metano de vacas, ovejas y chanchos; también gasta cantidades absurdas de agua y requiere alimentar a millones de animales con productos vegetales que bien podríamos consumir directamente, como soya y maíz.
En general, los veganos son mucho más militantes que los vegetarianos. En Europa, algunos han terminado presos por atacar laboratorios donde se experimenta con primates, o por intentar secuestrar a los científicos responsables de éstos. Otros se dedican a tirarles baldes de pintura a las divas que osan aparecer en público con abrigos de piel, y hacen campañas públicas para acabar con el abuso en las granjas factorías, circos y zoológicos. En la Unión Europea sobre todo, estas protestas iniciales han gatillado cambios de leyes para beneficio animal.
Aunque simpatizo con la mayoría de las causas y de las razones veganas, creo que su visión de los animales como seres absolutamente independientes del hombre peca en parte del mismo individualismo que nos tiene fritos hoy. Concuerdo absolutamente en que uno no se come a los iguales, pero es un non sequitur negar que se pueda tener una relación amistosa con ellos: al contrario, creo que la vida se hace mucho más rica cuando aprendemos a relacionarnos con todo tipo de criaturas y no sólo con seres humanos. Por otro lado, comprendo sus razones para seguir esta línea extrema. En un mundo donde la igualdad humana apenas se respeta en el papel y poco o nada en la práctica, la igualdad animal parece una utopía irrealizable. Mostrar que no lo es y que luchar por ella radica en parte en cosas tan simples como nuestra dieta y nuestras opciones de consumo cotidianas suena a imperativo.

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