Vegetarianos versus veganos (Parte I)

por Alejandra Mancilla | alejandra@test.cl | 29 de mayo de 2011

Dicen que los vegetarianos que se toman su vegetarianismo en serio se transforman obligadamente en veganos, los únicos realmente consecuentes con los principios que predican. Quienes no se manejan en estos conceptos probablemente no conocen la diferencia y, como no dudo de que cada vez habrán más personas que elijan una de estas dos opciones, creo que vale la pena detenerse un poco en lo que significan, y en sus implicancias respectivas.
Contra los que creen que los platos vegetarianos pueden llevar jamón, pescado o pollo (porque, al final, no son “carne”…¡?), la verdad de la milanesa o, mejor dicho, de la lenteja, es que vegetarianos son sólo aquellos que no consumen carne animal en ninguna versión. Nada tienen, sin embargo, contra los productos de origen animal, como los lácteos, huevos o miel. De hecho, éstos generalmente figuran de forma central en su dieta, como en el caso de los hare krishna, vegetarianos por motivos religiosos en cuyas recetas no falta la mantequilla ni la crema; o los hindúes, que temen comerse a algún amigo reencarnado en vacuno, pero no tienen conflictos morales con tomarse su leche o fabricar con ella el panir, un delicioso queso arricotado.
Las razones para hacerse vegetariano son múltiples. Además de quienes lo son por religión, la más esgrimida es la de los bienestaristas, que se oponen al sufrimiento animal y rehúsan por eso comer la carne o los productos animales de origen industrial. En estas fábricas de muerte que suelen ubicarse lejos de los ojos de los consumidores, los pollos pasan cortas y miserables vidas encerrados en jaulas más chicas que una hoja de oficio; los chanchos (por lejos los animales domésticos más sociables e inteligentes) son separados de su grupo y se encierran también en jaulas, donde terminan volviéndose locos; y los terneros, que se llevan la peor parte, son separados de sus madres y crecen encerrados e inmovilizados en la oscuridad, para así mantener esa carne blanca y pura que es para algunos el manjar supremo. Ciertos bienestaristas, sin embargo, no se oponen a comer carnes “libres de crueldad”, de animales que vivieron vidas decentes, usualmente en granjas a escala humana, y murieron de manera rápida y sin sufrir. Lo mismo vale para los productos animales: mientras los huevos sean de gallinas que corren libres en el día y empollan en la noche, y la leche venga de vacas bien cuidadas, no tienen problemas con consumirlos. Su vegetarianismo, en suma, es revocable, en la medida en que las actuales prácticas inhumanas se eliminen.
Se puede ser vegetariano también por motivos de salud, pero en este caso la preocupación principal es el bienestar humano y no animal.
Pero, ¿qué pasa cuando el malestar con el carnivorismo es más profundo, cuando se piensa que hay algo esencialmente equivocado en quitarle a otro individuo la vida sólo porque su carne es sabrosa y nos da la gana comerla? Y no sólo eso: ¿qué pasa cuando se cree que no sólo está mal comer carne de cualquier tipo, sino también cualquier producto animal independientemente de cómo haya sido obtenido, porque se han violado los derechos y el bienestar de otras criaturas que tienen sus propias vidas y sus propios intereses, igual que nosotros? Estas son las preguntas que separan a vegetarianos de veganos, los más fanáticos (o consecuentes, dependiendo de cómo se lo mire), del movimiento animalista y anti-carnívoro.

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