“El valor no se justifica en las calles de las ciudades, sino, en las montañas, bosques y cielos estrellados”…
Por cuarto año consecutivo he organizado una travesía en medio de valles, montañas, lagos y planicies tomando dichos escenarios como “salas de clases” para contribuir en la formación inicial de educadores, en este caso alumnos universitarios de la Carrera de Educación Física.
Mi propósito como formador en esta área siempre ha sido acercar a la realidad de los temas curriculares acerca de adquirir los conocimientos apropiados de diversas técnicas de vida al aire libre, del manejo de los riesgos, de situaciones de liderazgo para el buen desarrollo de las tomas de decisiones y finalmente la consolidación forzada de lo que significa aplicar una filosofía de mínimo impacto en función del cuidado de la naturaleza mientras se desarrolla una actividad cualquiera sea en estos parajes.
En esta oportunidad quise darle una connotación de un viaje al pasado por lo que denominé a esta particular travesía con el nombre de SMILODON, aludiendo a aquel tigre diente de sable que conformó la biodiversidad de una mega-fauna de hace miles de años y que al igual a los actuales felinos deambulaban por las regiones patagónicas de antaño. Cada formación geológica tenía algo que contarnos y para ello era necesario convertirse en un caminante que en la medida de sus desplazamientos iría descubriendo las características de dichos lugares como para determinar si la vida se podría hacer realidad allí mismo en armonía con la naturaleza, obteniendo de ella todos sus signos de formas y de manifestaciones que podrían contribuir a ello. Lo primero fue establecer un campamento el que en forma espontánea y casi sin instrucciones los jóvenes aplicaron sus conocimientos previos de preparar la madriguera y así sentirse protegidos de las bajas temperaturas.
El sueño reparador de la primera jornada y ya de madrugada, fuimos visitados por el “instructor” más implacable que exista en la Patagonia: El viento, con sus golpes arrachados contribuyó a que mis alumnos despertaran sobresaltados y perciban que sus carpas no fueron adecuadamente emplazadas ya que algunas de ellas fueron prácticamente arrancadas de su lugar con sus habitantes adentro de ellas.
Se inició por lo pronto un trabajo en equipo de buscar el mejor lugar más refugiado entre todos ayudando y colaborando para beneficio de toda la travesía. En mi caso la intensidad fue tal que una de mis varillas de la carpa no resistió la presión y nos obligó a reparar e improvisar para retomar el descanso a medias. Al día siguiente y de acuerdo a lo planificado y con una escasa caída de copos de nieve, intentamos establecer una ruta de aproximación y ascenso del cerro Mocho, logrando soportar y adecuarnos al frente de mal tiempo la montaña se nos presentó muy gélida y borrascosa a lo cual frente a los acontecimientos ha sido la mejor clase de manejo e identificación de los peligros que persistían en el ambiente. Los días posteriores nos abocamos a desarrollar nuestra travesía por un lugar místico, prehistórico lleno de signos y establecimientos de presencia humana muy antigua, como cavernas fúnebres, pinturas rupestres, rodados enormes que fueron transportados por lo que fue un gran Paleo-lago y que hoy casi con coquetería se manifiesta como la laguna Sofía, la presencia masiva de cóndores, pumas rondando y zorros hurgueteando en el campamento, hacían de esta travesía una experiencia extraordinaria.
Finalmente la nieve en abundancia y el frío extremo debilitó el soporte por la falta de equipamiento adecuado lo que obligó a una acelerada evacuación del sector evitando así exponer la salud de los integrantes que como seres más civilizados curiosamente somos más débiles ante lo que en la antigüedad se podía soportar en una vida plena y en armonía con la naturaleza misma.