Eran tantos los raques en el estrecho de Magallanes y cabo de Hornos, que algunos empresarios puntarenenses optaron por crear un taller especializado en reparaciones de buques. Así nació en 1902 el Minerva de la firma Braun y Blanchard. El edificio se alzó en la calle Quillota entre avenida Cristóbal Colón, Valdivia y playa. Para protegerlo del mar se construyó una defensa con bloques de cemento alineados; pero las olas encabritadas llegaban hasta el edificio y bañaban sus paredes y ventanas. Muy pronto aquellos peñascos quedaron esparcidos y en distintas posiciones, vencidos por el mar.
El taller contaba con carpintería de modelar y secciones de mecánica, fundición, calderería, herrería, trabajos en cobre, dibujo técnico y pabellón para construcciones navales. Más adelante, en la década del cuarenta, esta maestranza fue adquirida por la Compañía Chilena de Navegación Interoceánica.
En 1895 la firma R. Lion instaló un taller de fundición y fábrica de máquinas industriales. Este establecimiento funcionaba en calle Ecuatoriana 572 y pasó a poder de Charles Milward. En 1920 estuvo administrado por los socios Lescornez y Cortez. Más tarde lo adquirió la empresa Indumetal y fue administrado por el profesional Erwin Neracher. Su trabajo era similar al Minerva, pero en menor escala. Hacía torneados, soldadura, carpintería de modelar, fundición de bronce, hierro y aluminio, confección de calentadores, estanques, elementos y repuestos para la industria petrolera y naves. En esa época también operaban talleres como el de Cernoch y Compañía, de Simón Ruzic en avenida Colón esquina O’Higgins, Vicente Depolo en O’Higgins 834, Nacional de Astiz y Kesten en 21 de Mayo esquina Brasilera, de Inocente Borelli en Progreso 530, Roberto Ottiker en Colón entre Lautaro Navarro y O’Higgins.
Por entonces la calefacción era a leña y carbón. En los hogares se instalaban estufas y calentadores con sus respectivos caños de hierro galvanizado. La techumbre era del mismo material, pero corrugado, que deslizaba las aguas en atanores y canaletas.
Recuerdo que el bar “Saturno”, en Errázuriz entre 21 de Mayo y Lautaro Navarro, tenía un calentador instalado al centro de la sala y con un sistema de caños a media altura, que recorría el recinto hasta perderse en la pared del fondo. Caldeaba el ambiente amenizado por su enorme pianola, que interpretaba “danubios azules” mientras los parroquianos entrechocaban sus copas.
También rememoro el taller del padre de mi amigo Eugenio Ritter, en calle Angamos con pasaje Darwin, donde en invierno hacíamos helados en un jarro prendido al esmeril de manivela, que giraba dentro de un recipiente con hielo recogido en los charcos de la calle.
A consecuencia de esta combustión a leña y carbón se instalaron las hojalaterías de Guillermo Retamales en Colón 806, La isla de Cuba de Balseiro y Piña en Jorge Montt 719, Antonio Shmeisser en Colón 466, Jaime y Jordana en Aconcagua 1242, Antonio Prieto en 21 de Mayo 1476. Hacían instalaciones caloríferas, molinos de viento, calefacciones termo-sifón, instalaciones completas de alcantarillado y plomería, rejas, portones, balcones, techumbres y todo trabajo de cerrajería y gasfitería.
En confección y reparaciones de carros, carretas y otros móviles de tracción animal operaban las herrerías y carrocerías La Hípica de J.M. Quezada en Colón 530, La Industrial de José Carlos Grimaldi en Bulnes, La Pampa de Alberto Fleury en Bulnes, Aristides Sánchez en La Pampa 158, J. Perriére en Bulnes 243, Kart Kaiser en 21 de Mayo 1469. Y no faltaban los maestros “chasquilla” con sus pequeños obradores para atender los problemas mecánicos menores.