“Talibanes” v/s “lobbystas”, y ¿qué más?

por Eduardo Pino | eduardo.pino@umag.cl | 15 de abril de 2011

Hace tiempo que no revivíamos un debate acalorado en nuestro Parlamento, de esos que sacan roncha y epítetos variopintos que pretenden degradar a los contrincantes para dejarlos en niveles de insuficiencia mental, y a veces moral. La ley de rotulación de alimentos viene a enfrentar a los partidarios de una legislación que permita además de etiquetar claramente todo lo que nos llevamos a la boca, prohibir en establecimientos educacionales aquellos alimentos no saludables que nos tienen convertido en un verdadero “país desarrollado” respecto a la obesidad infantil, con indicadores tan altos como peligrosos e hipotecantes para nuestro futuro. Por otra parte se encuentran los que esgrimen que la preocupación por la salud se ha desviado de su objetivo más importante, para convertirse en normas demasiado rígidas que coartan la libertad de comer lo que las personas desean. A unos se les ha calificado como “talibanes” de la alimentación; mientras que a los otros se les relaciona con un lobby muy estrechamente influenciado por los intereses comerciales.

La discusión se puso de color hormiga cuando se tocaron los establecimientos educacionales respecto a las restricciones. Que un 17% de los niños ya presente obesidad en primero básico es una clarinada de alerta que nos debe llevar a tomar medidas en distintos ámbitos, pero que se prohíba vender “Super 8” en institutos y universidades ¿parece una medida adecuada?

Si bien las leyes son centrales para lograr un buen funcionamiento de la sociedad, es importante que los individuos tengan la percepción que el control se encuentra fuertemente guiado por sus propias decisiones y convencimiento, especialmente cuando se adquieren hábitos tan importantes como el alimenticio, que nos acompañará toda la vida, tanto en su ingesta habitual como en la repercusiones que evidenciará nuestro cuerpo con el paso de los años. De la educación que hayamos recibido principalmente de nuestros padres y del entorno que nos rodea; es que gozaremos o sufriremos las virtudes o pecados de nuestro currículum alimenticio.

Para los que pretendan comparar la restricción del cigarrillo con la comida poco saludable, deben reparar en algunas diferencias: el primero no sólo ensucia el propio organismo, sino el ambiente de los que no desean respirar sustancias tóxicas, mientras que el ingerir comida chatarra al lado de otra persona, no coarta la limpieza de su espacio. Además, comer es una necesidad básica ineludible que se debe orientar, fumar es una práctica aprendida producto de un mal hábito que pudo derivar en una adicción, por lo que sería “elegido” (al menos en un principio).
Echo de menos en esta discusión aspectos como la atención subvencionada de nutricionistas, las que precariamente se relacionan con Fonasa; el fomento de actividades físicas para toda la población, especialmente la de menores recursos en un país que percibe que ir a un gimnasio es una práctica elitista (por los precios muchas veces lo es). Me gustaría saber qué opinan los padres que por trabajar extensas jornadas de trabajo llegan a casa a tenderse en el sillón en vez de jugar con sus hijos, dejando su tutela al chat, los videojuegos o la televisión, cuyo ejercicio más intenso estará centrado en los pulgares. Si el fin de semana, esa misma familia mira con extrañeza como una minoría privilegiada practica ejercicio en plazas casi vacías, para tener un panorama de malls con patios de comida abarrotados de ansiosos comensales, entonces no me extrañaría que al poco tiempo de aprobarse esta ley, comience el contrabando de “Super 8”.

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