La definición más popular de democracia es la siguiente: “El gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo”.
Personalmente creo que no es posible cumplir en la forma y en el fondo con este predicamento… pero podemos aspirar a que, en aquello que sea posible, se cumpla con esta antigua pretensión, pues al momento de solicitar los votos el pueblo lo es todo, pero después de la elección, en más o menos situaciones, se puede prescindir de él.
Me refiero fundamentalmente a una práctica que, en mi opinión, es detestable y claramente poco democrática, y que la propia Constitución legitima. En efecto, el artículo 51 de la Carta Fundamental establece “Las vacantes de diputados y de senadores se proveerán con el ciudadano que señale el partido político al que pertenecía el parlamentario que produjo la vacante al momento de ser elegido”.
Sin discutir la mayor o menor importancia que tenga el partido político al cual pertenece un candidato, es evidente que al momento de elegir la persona prima sobre el partido al cual pertenece… si no lo cree, vea la aprobación ciudadana que tienen los partidos políticos, de acuerdo a todas las encuestas que se han difundido.
De esta forma, la norma que obliga a aceptar a la ciudadanía, en un cargo de diputado o senador, de cualquier modo que se enfoque es profundamente antidemocrática y empaña el sentido de la soberanía popular así como a cualquiera que participe de la aplicación de esta norma sin adoptar una acción decidida destinada a modificarla.
Da lo mismo el gobierno bajo el cual se reemplace la soberanía popular por la soberanía cupular, esto es la soberanía del pueblo por la soberanía de unos pocos que constituyen la directiva que encabeza una organización que, con suerte, cuenta en sus filas con el cero coma cinco por ciento de la población… lo cierto es que ello no puede reemplazar la soberanía popular, no puede equivaler a la voluntad de los electores de un distrito o una circunscripción senatorial de modo alguno.
De esta forma se justifica que personas con pretensiones políticas lleguen a un cargo sin ser elegidas o que candidatos no electos hagan una finta o un by pass, más o menos elegante, a la voluntad popular instalándose en el cargo para el cual no fue elegido
Si existe claridad que la democracia debe ser protegida, resguardada, cultivada y mejorada, como muchos lo proclaman cada vez que pueden, es necesario que las leyes y, particularmente la Constitución Política, sean consonantes y consecuentes con este imperativo. Da lo mismo bajo cual régimen acontece, lo importante es que no se repita nuevamente y al producirse una vacante se elija al reemplazante en una nueva elección popular.