Hacia el final de la primera mitad del siglo XIX el periodismo en Chile ya se había consolidado. Pero todavía podía desarrollarse más. En 1842, 30 años después del semanario La Aurora de Chile, se fundó El Progreso, el primer diario de Santiago. Transcurre, según lo llama el historiador Alfonso Valdebenito, el “período romántico” de la historia del periodismo. Dos años después, aparece El Crepúsculo, “periódico literario y científico”. Fundado por José Victorino Lastarria, contaba con un destacado elenco de colaboradores: Juan Nepomuceno Espejo, Juan José Cárdenas, Francisco de Paula Matta, los hermanos Andrés y Jacinto Chacón y más intelectuales. Andrés Bello se sumó a la iniciativa, prometiendo un artículo para cada edición. Cumplió. Firmaba, modestamente, como “A.B.”.
Tal como escribió el propio Lastarria, ya se había superado el período fundacional de la república. Venía el tiempo “del desarrollo intelectual en sentido liberal, nuevo acontecimiento social promovido desde fuera de las regiones del poder y de la política...”. De no ser porque, aunque jóvenes, estos personajes ya tenían sus años (Bilbao recién había cumplido los 21), se hubiera pensado en una primera revolución “pingüina” o un prematuro estallido muy, muy adelantado al tiempo de las redes sociales...
En una edición semifacsimilar de los 16 ejemplares de El Crepúsculo, se recuerda que “en sus páginas... se difundieron y, en parte, tradujeron las ideas de figuras cumbres del siglo de las luces y del romanticismo francés, como Jean-Jacques Rousseau, Voltaire, Víctor Hugo y Alphonse de Lamartine, que fueron la base para romper los lazos con la oscuridad de la época colonial y alcanzar la independencia intelectual. Así también la crítica de la cuestión social ocupó un lugar destacado...”. Tan destacado en verdad que el artículo de Francisco Bilbao ‘Sociabilidad chilena’, publicado en junio de 1844, provocó un proceso judicial. En una demostración de fidelidad a sus lectores, la edición de agosto incluye la defensa del acusado y culmina con la sentencia del tribunal: “Se condena en tercer grado, como blasfemo e inmoral”.
¿Destino? La hoguera para el periódico.
Ahí terminó la corta existencia de El Crepúsculo, tan corta y tan trágica que se hizo casi imposible encontrar ejemplares. Las ideas liberales, tan ferozmente atacadas por los sectores conservadores, no desaparecieron, sin embargo, justamente Juan Nepomuceno Espejo y varios de los colaboradores, continuaron su quehacer periodístico en El Siglo. Bilbao ya había partido al extranjero.
Tres son los re-editores de esta obra: los profesores Nelson Cartagena, Inés González y Pedro Lastra. Lo concibieron como homenaje al Bicentenario. Su trabajo no fue fácil, dado el estado se conservación de los ejemplares. Pero han finalizado con éxito el empeño, apadrinados por la Academia Chilena de la Lengua y la Universidad de Chile. Están convencidos que “publicaciones como esta atestiguan... el esfuerzo y fervor visionario con que la generación del 42 asumió una tarea fundacional, y la llevó a cabo sin desmayo”.
La historia dirá si la comparación con pingüinos y universitarios de este tiempo es exagerada o no.