La muerte de Ray Bradbury hace que mucha gente hable en estos momentos de su legado literario y los que no habían escuchado de él se enteren de sus obras, aunque sea efímera y parcialmente sólo por una moda póstuma.
Los escritos de este prolífico escritor me llamaron la atención desde que era un adolescente, cuando la mente clama por desafíos que le lleven a una reflexión teñida por idealismos centrados en afectividades egocéntricas, que a veces ni siquiera son entendidas por quienes las experimentan. Más allá de la atractiva fantasía de imaginarse cómo el hombre establecía colonias en Marte o los regímenes totalitarios tipo Orwelianos pretendían quitar de la mente de las personas la lectura para evitar la reflexión, justificando los poderosos que pensar sólo llevaría a la infelicidad de las masas; las tipologías y descripciones humanas que Bradbury hacía de sus personajes facilitaban una necesaria identificación del lector con los dilemas que sus protagonistas debían enfrentar. Desde conflictos morales entre el bien y el mal hasta dificultades para definir la razón de la existencia del hombre en este mundo, pasando por análisis sociológicos en que el poder y la ambición de algunos oprimía la vida de muchos otros.
Lo real y lo fantástico se unían en una amalgama en que a veces era difícil saber donde comenzaba uno y terminaba el otro, especialmente si se leen sus escritos después de 60 años de ver la luz. Estoy convencido que la fantasía de otros mundos era el anzuelo que este estadounidense utilizaba para atraer a sus lectores, para que muchos de ellos se cautivaran con la maravilla que representa la naturaleza humana, más allá de las tecnologías que nos toque vivir en diferentes épocas e incluso dimensiones. Es por eso que se negaba a aceptar que se le clasificara como un escritor de ciencia ficción, ya que lo suyo era la fantasía, para mostrar a una humanidad agobiada y con todo tipo de penurias, cuya salvación sería la indulgencia y entendimiento entre los hombres.
Al igual que ha pasado con otras mentes prolíficas, como Da Vinci o Verne, que han vencido los límites de la temporalidad para presentar realidades que en su momento fueron vistas como fantasías inalcanzables o incluso absurdas, algo de esa “locura” productiva encontramos en Bradbury. Cada vez más la tecnología ha influido en nuestro estilo de vida, pasando en algunas áreas literalmente a “invadir” nuestra forma de representarnos el mundo, a las personas e incluso a los valores que guían nuestras actitudes y conductas. Lo que en un momento fueron herramientas para facilitar la calidad de vida; en ocasiones han logrado condicionar nuestra comunicación con los demás y, más aún, han influido en nuestro bienestar interior. Me es imposible no relacionar esto con varios comentarios que padres me han hecho de sus hijos (especialmente adolescentes): “si no tiene internet es otra persona, se siente inútil, nervioso, no haya qué hacer, es como si necesitara estar conectado casi todo el día cuando está en la casa”. Este lado B que afecta a muchos de la generación de los “nativos digitales” (un concepto siúticamente científico), quizás fue una pequeña premonición que hace 60 años se expresaba en los dilemas existenciales que experimentaban los héroes de Bradbury, que aunque estaban rodeados de tecnología en ambientes artificialmente inhóspitos, se dieron cuenta que lo que realmente los salvaría de sí mismos es la humanización entre quienes comparten la misma especie, para volver a mirarse, quererse y valorarse. Como él mismo dijo “Cuando el viento sople en la noche, mis fantasmas volverán a vivir, dentro de cientos de años”. Hasta siempre maestro.