En 1947 la Cámara de Comercio e Industrias de Magallanes citó a una reunión especial para tratar el tema de un puerto abrigado, a la que asistieron los siguientes socios: Eugenio Gligo, Lorenzo Barassi, Eduardo Doberti, Alfredo Pérez Cueto, Hermann Henckes, Bernardino Salgado, Valentín Hardy y Juan Zaneti Flours. Como expositor estuvo presente el administrador de puerto Amador Cárcamo. La sesión tenía por único objeto conocer los planos y pormenores del proyecto. Esta planificación detallaba dos pozas: Una, de avenida Cristóbal Colón hasta el muelle fiscal que destinada a la Armada y de allí hasta la calle Pérez de Arce para los quehaceres marítimos mercantes. La entrada sería por el lado sur y contemplaba molos de atraque, grandes almacenes de mercadería y lugares de embarque. Figuraba un paseo costanero de muelle fiscal al varadero de Miraflores y destinaba ese extenso terreno a recinto portuario y a la Armada. Establecía textualmente:
“Los actuales almacenes de la aduana, serán traspasados a los servicios de la Armada nacional, donde podrá instalar arsenales, maestranza y talleres; asimismo quedará en un lugar estratégico, ya que está ubicado frente a su propio fondeadero”.
El costo lo estima en sesenta y cinco millones de pesos, de los cuales se podría descontar aproximadamente treinta millones por venta de terrenos rescatados al mar.
El directorio de la Cámara estimó que el proyecto era de mucho interés y prometió dar todo su apoyo e informar al organismo central y otros medios para conseguir la realización de esta obra.
Amador Cárcamo entregó a la Cámara varios cuadros estadísticos referentes al arribo de mercaderías a la zona en el curso del año 1946 y al movimiento de vapores y cargas por viaje.
En el croquis del puerto abrigado se aprecia el sector que se ganará al mar y la construcción de un malecón recio desde la base del muelle fiscal hasta el varadero Miraflores. Los nuevos terrenos aparecen divididos en once manzanas, más el espacio que se destinará a los almacenes fiscales. La entrada para los barcos tendrá una anchura de ciento veinticinco metros y el muelle de atraque una extensión de cuatrocientos veinte metros, comprendidos entre las dos pozas.
El administrador expresó: “Este proyecto estuvo a la vista del contralmirante Carlos Torres Hevia, quien lo consideró de incalculables beneficios, ya quedaría a la Armada la oportunidad de contar con una poza adecuada para fondeadero y una mayor reserva de apostaderos, como los existentes en Talcahuano y otros puertos”.
Para la ejecución de la obra podría ocuparse entre cuatro y cinco años y se consultaba un presupuesto estimado en siete millones de pesos anuales por un plazo de cinco años, suma que no sería de mucho sacrificio para el Estado, dada su finalidad y los beneficios que aportaría a una zona alejada y estratégica como lo es la de Magallanes.
Ante este y otros proyectos digo que en el transcurso del tiempo he visto que muchas ideas tan importantes como ésta aún permanecen durmiendo en sus laureles, tal el de la casa de la cultura, por ejemplo, cuyo bosquejo y maqueta han sido depositados en el baúl de los recuerdos, allí donde descansan encerrados bajo siete llaves tantos buenos y olvidados propósitos. Parece que les faltó el “¡aquí está la plata y hágase!” de los viejos pioneros, aunque sin eludir la parte retributiva correspondiente.