En su famoso ensayo “Dos conceptos de libertad”, Isaiah Berlin plantea que la libertad puede entenderse de dos maneras básicas: positiva, a la usanza de los clásicos, que la identificaban como dominio sobre sí mismo, la capacidad del individuo para construirse y determinarse; o negativa, como en el liberalismo moderno, donde la libertad es ante todo no-interferencia de los demás en los propios asuntos.
El filósofo irlandés Philip Pettit rompe esta dicotomía en su libro Republicanismo, donde propone entender la libertad de una tercera forma, intermedia a las otras dos. Es la libertad como no-dominación, que se asemeja a la libertad negativa, en cuanto enfatiza la ausencia de acción de los demás, y a la positiva, en cuanto entiende la no-dominación de los demás como condición necesaria para el autodominio. Interferencia y dominación no siempre van juntas, y a lo que Pettit se opone es a la segunda, pero no necesariamente a la primera. Así, la libertad como no-dominación puede admitir las interferencias de otros (paradigmáticamente, el Estado), mientras estas interferencias sean dirigidas al bien del sujeto y aceptadas por él. Lo que no es aceptable es la dominación, con o sin interferencia; por ejemplo, un amo benevolente puede no interferir con su esclavo, pero puede también cambiar de parecer. Basta con esto para que la relación entre ambos sea asimétrica al punto que uno -como lo dice Pettit- no pueda mirar en los ojos al otro.
¿Por qué deberían los liberales de hoy preferir este ideal de libertad como no-dominación al de libertad como no-interferencia (cuyo máximo exponente es Hobbes)? Según Pettit, porque la libertad como no-interferencia se queda corta y no da cuenta de las relaciones asimétricas de poder que convierten la libertad en el papel en libertad irrealizable en la práctica. Mientras sea posible para alguien ejercer su dominio arbitrario sobre otro, limitando su rango de elección y los resultados de ésta, no puede decirse del segundo que sea libre. Pettit pone el siguiente ejemplo: puedo vivir en una sociedad donde sólo unos pocos detentan el poder. Tengo, sin embargo, la suerte de caerles bien, por lo que no se meten conmigo y me dejan hacer a mi antojo. Este escenario dejaría satisfecho a quienes promueven la libertad como no-interferencia. La libertad así entendida, sin embargo, es precaria, contingente, inestable; dependiente de las decisiones de terceros; externamente concedida.
Para quienes entienden la libertad como no-interferencia, la ley en sí misma es una cortapisa a nuestra libertad, que se acepta a regañadientes, a falta de una solución mejor. Es por eso que quienes se encuentran al extremo de esta posición pretenden reducir el Estado a su mínima expresión, a un mero agente que coordine las acciones individuales entrometiéndose lo menos posible.
Los Pettitianos, en cambio, aceptan de buena gana vivir bajo el imperio de la ley, siempre y cuando ésta refleje en lo medular los ideales y valores de la ciudadanía; mientras no se la entienda como letra muerta, sino viva y susceptible a escrutinio; mientras su interferencia sea “positiva” y para el bien de todos. El Estado, así, puede intervenir en nuestros asuntos, si esto es lo que se requiere para tener una sociedad donde nadie tenga la capacidad de dominar a otro. En lo privado, esto significa resguardar a los ciudadanos de relaciones clásicamente asimétricas, como las de marido-mujer o patrón-empleado; en lo económico, es evitar que los peces grandes se coman a los peces chicos para luego devorarse entre ellos; en lo político, es descentralizar y dividir los poderes, etc.
De cómo Chile ha estado más cercano a la idea de libertad como no-interferencia que al de libertad como no-dominación, y de algunas de las consecuencias que ello acarrea me referiré en la próxima columna.
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