Pichangas

por Silvestre Fugellie27 de julio de 2011

Allá por la década del treinta, la plaza Sampaio era un erial y los niños del barrio la usaban para practicar fútbol. Generalmente se reunían en las tardes y formaban sus equipos sin importarles edades ni condiciones físicas. Se distribuían en bandos iguales en número y designaban un árbitro. El partido concluía cuando se completaba cierta cantidad de goles.

Un encuentro de aquellos tiempos tuvo cierta característica especial. Un niño debilucho y de apenas diez años le hizo una trancada casual a un joven mayor y lo botó de bruces al suelo. Este se levantó y en represalia comenzó a propinarle puñetazos al menor, dejándolo en malas condiciones. Fue una lucha desigual y parecida a un encuentro entre David y Goliat, aunque la pedrada la recibió el primero.

Esta escena desagradable fue vista por una persona mayor desde la ventana de su domicilio, quien no tardó en llegar a la cancha y darle una bofetada al muchachote abusador, derribándolo al suelo. El matonzuelo se levantó y calculando las consecuencias que podría acarrearle el conflicto tomó las de Villadiego. El vecino que lo golpeó fue vitoreado por los integrantes de ambos equipos, quienes de inmediato reanudaron la contienda futbolística.

El partido debía definirse a los cinco goles. Los arcos estaban delimitados con las chaquetas y jersey de los porteros. Cuando la brega finalizaba, algunos jugadores acudían a los boliches cercanos para disfrutar de una “Pradera”, bebida gaseosa de calidad y fama en aquellos tiempos.

Por entonces las plazas Sampaio y Guerrero Bascuñán eran sitios baldíos y centros obligados para practicar pichangas y otros juegos al aire libre. En los partidos, como dijimos, los arcos eran improvisados con piedras, troncos o prendas de vestir.

Esta pichanga magallánica deriva de la pichincha nortina, de ese juego que se hacía como pasatiempo, práctica o entrenamiento.

Alrededor de estas plazas y sobre las veredas de tierra, las niñas trazaban figuras y cuadrados para entretenerse con el tejo. Cuando las aceras fueron embaldosadas hacían las mismas rayas con tiza. El tejo era una lata de betún vacía que llenaban con tierra o arena y que lanzaban a los cuadros hasta llegar al marcado “cielo”, saltando como diestras danzarinas.

Posteriormente esos eriales fueron transformados, uno en la remozada plaza Sampaio y sobre el otro alzaron el edificio del Liceo de Hombres.

En invierno las entretenciones al aire libre cambiaban de práctica. Los niños patinaban sobre franjas escarchadas en la calle, iban a la laguna de patinar del regimiento Pudeto, se deslizaban en esquís, o se lanzaban de los cerros en trineos.
Algunos de estos aparatos deslizadores eran hechos con latas vacías de cinco o diez litros, abolladas en las puntas como rieles de patines.

En esos años era moda que los niños usaran pantalones de perneras cortas y las niñas vestidos livianos y así, con las piernas desabrigadas, corrían por las calles desafiando el frío; pero tal como en las pichangas y tejos del verano, sus juegos a la intemperie los mantenía ágiles y atléticos.

Como he mencionado en artículos anteriores, en los hogares magallánicos la estufa de cocina permanecía encendida hasta altas horas de la noche, alimentada por palos de leña y paladas de carbón. Sobre un extremo de ella, cerca del caño muchas veces caldeado al rojo, estaba la cafetera con su brebaje caliente a disposición de familiares y amigos, especialmente de quienes llegaban entumecidos de frío.