Cuando el conde de Keyserling visitó Chile se sorprendió de muchas cosas, e hizo críticas febles y admoniciones de gala, de esas diplomáticas. Ya de regreso a su país, declaró sin afeites que el chileno es un tipo muy especial pues hace las cosas solamente cuando tiene ganas. Esto puede explicar nuestra inercia, los entusiasmos esporádicos y esa constancia cortoplacista en que nos debatimos y que se refleja hasta en nuestro deporte. Justamente los deportes que más nos han dado satisfacciones han sido los menos colectivos, donde la suerte depende de una o pocas personas.. Ahí están los casos del Tany Loayza, Alberto Larraguibel, Marlene Ahrens, Godfrey Stevens, Raúl Choque, Alfonso de Iruarrizaga, Chino Ríos, Nicolás Massú y últimamente Fernando González. El empecinamiento, el ñeque incondicional, el no arredrarse frente a la adversidad ha hecho de algunos solitarios los mejores exponentes del deporte chileno.
Y es que la constancia y el esfuerzo permanente es más fácil hallarlo en una sola persona que en un deporte conjunto, por razones obvias. En el fútbol hemos tenido figuras descollantes. Cuando Elías Figueroa y Alberto Quintano estaban en su apogeo, el mediocampo chileno daba más facilidades que Falabella y en la delantera confiábamos en un arranque de inspiración de un Caszely que no podía ser brillante todo el tiempo. Era uno solo en una delantera medio patuleca.
Quizás nuestro destino pueda cambiar el día en que el Rodeo o la Rayuela sean elevados a la condición de deporte olímpico, pero presiento que para eso falta bastante.
Es que la mezcla de españoles con indígenas fue fatal. Casi como mezclar grapa con aguardiente.
El mapuche -se sabe- se penqueaba tupido y parejo antes de la llegada de los españoles. Eran curagüillas y perezosos. La constancia no la conocían y según Alberto Cabero* fueron siempre ineptos para lo que requiere lógica y raciocinio. Estas cualidades también son cruciales a la hora del rendimiento deportivo de alta excelencia.
Como si fuera poco, los españoles que nos fundaron -y avasallaron- eran extremeños, impulsivos, camorristas y campeones de la improvisación.
Seamos francos, el chileno es improvisado y más flojo que un ojo de vidrio.
Esta tendencia atávica a la modorra y esa inclinación exasperante a la molicie queda reflejada hasta en hechos históricos.
Cierto. La Revolución Socialista del 4 de junio de 1932 que comandó Marmaduque Grove no estuvo exenta de esta falta de ganas de hacer las cosas, de esa falta de rigor tan importante para salir adelante. El cuartel general de esa revolución se instaló en El Bosque, en plena Gran Avenida, que en aquella época no era más que un lodazal e impedía el movimiento de los tanques acantonados en la base, ya que se perdían en el barro sin poder avanzar. Por las inclemencias del tiempo la Revolución debió suspenderse en varias oportunidades. Los días pasaban y el mal tiempo no cesaba, por lo cual los jefes de la conspiración se empezaron a impacientar. Entonces, decidieron una fecha fija y perentoria, y para comunicar tal resolución a sus seguidores hicieron circular un volante en el que decía:
-“La Revolución se hace el día 4 de Junio. Aunque llueva”.
*Alberto Cabero. El mejor analista del alma chilena, a juicio del autor.