Pastelerías

por Silvestre Fugellie8 de febrero de 2012

Es grato recordar a esas pastelerías que ofrecían sus delicias en días ordinarios, domingos y festivos. Hoy constatamos que los turistas se pasean por las calles en busca de algún local abierto donde puedan saciar su gusto con una taza de café; pero no lo hallan porque todos están cerrados y ya esos antiguos negocios fueron inscritos en la lista del pretérito.

A mediados del siglo pasado existían, entre otras, las siguientes pastelerías: Palace, Politeama, La Brasileña, El Telégrafo, Café Plaza, La Alhambra, Libertad. El nombre de La Alhambra proviene del antiguo palacio morisco de España. Este local atendía en calle Bories cerca de Waldo Seguel. Allí los parroquianos pasaban sus ratos de ocio jugando ajedrez, damas, dominó, brisca, truco y conversaban bulliciosos mientras se deleitaban con una rica taza de café acompañada de pasteles.
El loco Natalio era un asiduo cliente del local. Se sentaba a una mesita próxima a la puerta de calle. Pedía las once a la que sumaba algunas delicias extra y mientras estaba por terminar su colación observaba a que mozos y dueño se alejaran y entonces emprendía las de Villadiego sin pagar el consumo, lo que vulgarmente se conoce como “perro muerto”. Lo que Natalio ignoraba era que tanto mozos y patrón hacían la “vista gorda” y perdonaban su rapiña que él consideraba una audacia.

Tanto Palace, La Alhambra y otros cafés eran lugares obligados después de las funciones cinematográficas de tanda y noche. Estas salas también han desaparecido. Concurrir a ellas era un hábito enraizado y una distracción entretenida.
Los tiempos cambian pero, para ¿bien o mal? Ahora es difícil hallar estas delicias: Café o chocolate acompañado de bombitas, cañones, alfajores, palmeras con azúcar glacé, bizcochos de huevo, churros espolvoreados con azúcar flor, dulces de chocolate. Hojitas, tartas con crema, tortas redondas con frutas, chocolate, almendras, nueces o albaricoques, queque inglés con confituras.

Brebajes y dulces se servían después de un desfile militar, de las carreras en el hipódromo, de los espectáculos teatrales, de las justas deportivas y de los maratones cuya meta se centraba en la plaza de Armas; entretenciones que sumían al puntarenense en un digno y sano contento.

Los que éramos niños gozábamos de estos locales, generalmente los días domingo, cuando nuestros padres, tíos, o parientes mayores nos sacaban a pasear por calles y plazas y luego nos llevaban a alguna pastelería donde nos zampábamos con placer unas sabrosas masitas cocadas o rellenas con mermelada u manjares.

Estos negocios se anunciaban así:

“Servicio esmerado de café, chocolate y toda clase de refrescos. Este confortable y céntrico local cuenta con mesas especiales para ajedrez, damas, etc., como asimismo con un quiosco anexo donde podrá hallar chocolates y confites de las mejores marcas. Abierto a toda hora”. Algunos ofrecían, además, helados, hot dogs y sándwiches. La Libertad brindaba música de su “Wurlitzer”.

Por entonces existían los emporios de café de Arentsen, Jiménez y Laurido, Jovino Fernández.

Un chasco.

Cierta vez en un café de Vitacura, Santiago, pedimos a la camarera unas once acompañada de bombas y cañones, tal lo hacíamos en las pastelerías puntarenenses. Nos quedó mirando con cara de espanto, como si fuésemos extremistas, hasta cuando la hicimos comprender que se trataba de dulces.