“Magallanes casi no es Chile”; estamos como al margen de la vida nacional. Sólo así puede explicarse lo tardío de todo…”, escribía Gabriela Mistral a principios del siglo XX, cuando ejerció como directora del Liceo de Punta Arenas. Volví a hojear unos libros de ella luego que, a propósito de conmemorarse un año más de su nacimiento (7 de abril de 1889) y de la celebración del día del libro (23 de abril), se realizó una charla magistral en el Salón Pacífico del Ex Ceia.
La charla denominada “Gabriela Mistral, el libro y la lectura a través de la biblioteca”, la entregó Catalina Romero Buccicardi, una muy joven bibliotecaria y documentalista, Licenciada en Letras y Lengua Española e Hispanoamericana. La audiencia estuvo constituida por alrededor de cien jóvenes de distintos liceos de la ciudad. La tesis central de la charla, el rol del libro, de la lectura cotidiana y libre en la emancipación de las personas, fuente de pensamiento autónomo y crítico.
No exagero al decir que en una atmósfera mágica, esa platea de imberbes oyentes navegó todo un siglo atrás para ir develando aspectos, no siempre conocidos de esta poetisa y maestra autodidacta, que concede a los libros y a la lectura ser la fuente de su formación profesional, tanto en las letras como en su actividad pedagógica. Gabriela, tan grande como es, se nos presenta cada vez con nuevas aristas y facetas y a través de ella, redescubrimos lo que fuimos y somos como pueblo.
Para el caso de Magallanes y de Punta Arenas en lo específico, la voz de la Mistral, nos devuelve la crudeza y desolación del austro, la lejanía del centro del país y, también nos enfrenta a una historia de luchas sociales, de una cultura rica y letrada. Nos recuerda que a principios de siglo XX en la ciudad se publicaban varios diarios y revistas y la lectura era un afán de los trabajadores en sus organizaciones y lugares de faenas, donde no era extraño encontrar bibliotecas.
La poetisa llegó a estas tierras con la misión de contribuir a la chilenización de Magallanes y a poco andar se dio cuenta que era Chile el que tenía que magallanizarse. Y en este punto saltamos de súbito al siglo XXI y nos damos cuenta qué poco han cambiado las cosas en nuestra relación de provincia y centro del país.
Dejo de lado la charla a la que me refería y abordo la reciente inundación de la ciudad y nuestra relación con las autoridades regionales y nacionales. Me rebelo ante la inoperancia que muestran, la poca oportunidad y sensibilidad con lo que siente la población. A un mes de las lluvias, aún veo cerros de arena en la ribera del río, arena que es arrastrada de nuevo a tapar las alcantarillas de la ciudad. Desde el comienzo se observó distancia con el saber y sentir de los afectados, en principio desestimando la gravedad de lo que se avecinaba; luego llegan autoridades nacionales, como la ministra Matthei que con ademanes autoritarios y trayendo unos cuantos colchones, le asigna la responsabilidad de la tragedia al gobierno anterior; o el Ministro Golborne que vino a inaugurar un puente mecano. Las cuadrillas de trabajadores se ven dispersas, como respondiendo a distintos jefes, da la idea que el barro es traslado de una cuadra a otra y queda apilado en las veredas. En fin, son muchos los signos de desafección e inoperancia, y en este panorama el liderazgo de las autoridades regionales, intendente y seremis, se desdibuja hasta casi desaparecer. Necesitamos autoridades que se la jueguen con el centro para hacernos oír; que nos defiendan a morir. Que nos quieran, como lo hizo Gabriela y lleguen a decir, que el país necesita magallanizarse. Finalmente, permítanme una alusión a la ex intendenta Eugenia Mancilla y al ex seremi de Obras Públicas Juan Francisco Miranda, a quienes vi trabajar sin descanso y en equipo y que estoy segura nos habrían hecho sentir a todos representados ante la presidencia del país y los ministerios.