Allá por los años treinta y tantos las calles de los barrios puntarenenses despertaban con una sonajera arremolinada. El carro del carbonero chirriaba sobre el empedrado mientras su conductor ofrecía a “grito pelado” su saquería de piedra negra, el afilador de cuchillos hacía resonar la zampoña de sus servicios, el leñero rodaba sobre las piedras con su caballo cansino garantizando a voz viva sus trozos y palos, la vendedora de patitas y guatitas con un canasto equilibrado en la cabeza balbucía sus ofertas, vendedores ambulantes anunciaban centollas vivas y coleando, róbalos y pejerreyes fresquitos, el turronero despedazaba su bloque blanco con pintas de maní, el barquillero expendía sus golosinas crujientes, el organillero rodaba valses y milongas haciendo girar la manivela y sacaba la suerte; no faltaban los cantores de amanecida ni aquellos que entonaban ritmos apasionados. Y así pasaba el día hasta la llegada del atardecer cuando los canillitas comenzaban a recorrer la ciudad voceando el diario vespertino.
Cierta vez en casa de un practicante conocido se sintieron unos golpes dados en la puerta. La señora abrió y vio al suplementero tiritando y decaído. Era en invierno. Recibió el periódico y lo hizo pasar a la sala de curaciones. Luego arrancó unas hojas y las empapó con alcohol y se las puso en el pecho. El niño, agradecido, salió a trajinar de nuevo golpeando las puertas de otros clientes, puesto que su voz enfermiza apenas musitaba.
En otra ocasión, en el bar hípico de calle Bories, entró un canillita a vender el diario a eso de las ocho de la tarde. Un parroquiano que charlaba entusiasmado ya que había ganado una buena suma en las carreras, le preguntó:
- Cuántos ejemplares te quedan.
- Solamente he vendido diez y tengo quince.
- Te los compro. - Y pagándolos comenzó a repartirlos entre los clientes del bar, que los recibían con sonrisas y carcajadas.
Cuando apareció “El Magallanes” Punta Arenas era una aldea de tres mil habitantes. Campesinos, marineros, pescadores, cazadores, obreros, constructores, mecánicos, profesionales y emprendedores dedicados al fruto del oro o a la nueva y palpitante ganadería. Juan Bautista Contardi, uno de los creadores de este rotativo, junto a Lautaro Navarro y al gobernador Manuel Señoret, dijo: “Para finar y dirigir tanta exuberancia de fuerzas progresistas y, al mismo tiempo, llamar la atención del centro del país hacia esta apartada región, faltaba únicamente el instrumento más adecuado y eficaz: la prensa”.
El 7 de noviembre de 1894 apareció el primer número y los anuncios estridentes de los suplementeros dieron inicio a su reparto. Antes, el 24 de diciembre de 1893, entre alegres campanadas de la iglesia Parroquial, circuló por única vez El Precursor de El Magallanes, de ocho páginas, que fue recibido con beneplácito por la población.
Se comentaba que algunos personajes prominentes con cargos de importancia en la industria y comercio, habían vendido el periódico en su juventud y no lo negaban, sino más bien lo reconocían con satisfacción.
“El Magallanes”, fundado el 7 de enero de 1894, continúa siendo el fiel testigo de la actualidad. Había nacido cuando Punta Arenas era una aldea y aquellos canillitas del entonces ya han silenciado sus voces. Ahora sólo se escucha el zumbido del viento que sigue transitando por las mismas calles otrora empedradas, así como también las recorrían vociferando esos viejos vendedores del pasado.