De los ritos periodísticos de fin de año, el recuento de lo que pasó en 2011 ya parece agotado. No así, en cambio, el de las predicciones para el 2012. Y es, inevitablemente, lo que todo el mundo quiere saber.
Después de la experiencia de doble filo del año pasado (por un lado el “empoderamiento” y las redes sociales, y por otro el sabor amargo de la violencia infiltrada en las protestas), la pregunta es qué va a pasar en los próximos meses. La violencia de la noche del miércoles pasado en el centro mismo de Santiago confirma algunos temores: una pequeña banda de encapuchados tomó por asalto varios lugares, encendió barricadas, prendió fuego a un bus del Transantiago y quemó la moto de una carabinera. Pese al publicitado anuncio de mayores medidas de seguridad, los hechos se precipitaron sin control.
Este podría ser el preludio de un año violento como temen muchos. Pero no es seguro que se intensifiquen las acciones violentas.
Por una parte, los estudiantes ya han anunciado que revisarán sus formas de movilizarse. No reconocen -por lo menos oficialmente- estar cansados, pero es obvio que es difícil que logren revivir las casi 150 manifestaciones del año pasado en todo Chile.
Mucho va a depender, naturalmente, del desarrollo de la campaña municipal, cuyos fuegos ya están encendidos.
Lo interesante, a mi modo de ver, es lo que pueda pasar con los “rostros” del año que terminó. La figura de Camila Vallejo traspasó las fronteras: fue personaje del año en dos publicaciones nacionales y en un diario británico. Aunque no la mencionó, la revista Time asumió la importancia de los “indignados” de todo el mundo, elenco donde habría que incluirla.
El otro personaje, nos guste o no, es el Presidente Sebastián Piñera. El 2011 debería haber sido un año de aprendizaje, tanto para él como para la Alianza. No está claro si todas las lecciones fueron asimiladas, pero parece evidente que Carlos Huneeus tiene razón cuando asegura que el gobierno y el Jefe del Estado, salieron “del hoyo” en que estaban en agosto. La tendencia debería afirmarse en los próximos meses, pero todavía se cometen errores graves. Por ejemplo, no había para qué rebautizar a la dictadura simplemente como “gobierno militar”, pensando que con ello se restablecían el equilibrio en el juicio histórico. Ya sufrimos, por años, el eufemismo de “pronunciamiento” en vez de “golpe” o, como se decía en el pasado, “putsch”.
Tampoco contribuyen a mejorar la imagen del régimen quienes se quejan del “sacrifico” de trabajar en la administración pública y vivir de un sueldo “reguleque” de más de tres millones de pesos.
La paradoja es que estos tropiezos se producen cuando -finalmente- el gobierno empieza a cosechar. Se puede discutir el real alcance de medidas como el siete por ciento de los jubilados, el aumento del postnatal o los subsidios para la reconstrucción, pero no cabe duda que los beneficiados lo valoran..
No es seguro que todo esto pacifique el ánimo de los chilenos, pero puede ayudar a descomprimir tensiones.