Las protestas y el no estar ni ahí…

por Jorge Abasolo | jabasoloaravena@gmail.com | 15 de agosto de 2011

Desde que en Chile se consagró el facilismo a la categoría de virtud y las calles se transformaron en comodín para exhibir derechos y proscribir deberes, los estudiantes están haciendo ”su agosto”. Y nos delatan que tenemos una pésima educación, haciendo hincapié en el lado oscuro del tema, que –por cierto- lo tiene. Seamos francos: en la actualidad la cobertura en educación primaria y secundaria son las mayores de América Latina, los años de escolaridad se han nivelado a los de países desarrollados como España e Irlanda.

Se exaltan los atributos de la educación universitaria de décadas pasadas. ¿Para qué engañarnos? Nuestro sistema educacional también era malo en calidad en los 50, 60 y 70.

Por otra parte, he oído ya innumerables veces el argumento de que antes la educación universitaria era gratuita, pero ello era de una injusticia más irritante que la actual. Es cierto que se estudiaba gratis, pero ello era privilegio de unos pocos…¡y pagados con los tributos de la inmensa mayoría! ¿No era aquello una injusticia ecuménica?

La toma de calles es una oda a la irracionalidad. Se oyen cánticos, gritos y vocinglería barata y consignista, donde las ideas han sido reemplazadas por el lenguaje de barricada. Son muchos los que vieron este movimiento estudiantil con un sesgo de simpatía, que ya está mutando en hartazgo.

El no estar ni ahí, esa estúpida idea de exigir derechos haciendo una hábil finta a los deberes, es señal inequívoca de andar por el camino equivocado. Son los signos de lo que algunos llaman pomposamente “progresismo”, el identificar disciplina con autoritarismo. Si lo llevamos al ámbito académico esto significa trocar rigor por facilismo o libertad por desenfado. Es clamar por la erradicación de la disciplina del pelo corto y el método “conservador” para reemplazarla por la lógica “liberadora” del aro, el moño y el pito. Esto implica proscribir de las aulas el discurso académico por considerársele obsoleto, para ser sustituido por la proclama hippie posmodernista con aderezos ecoindigenistas.

No se trata de abominar de todo lo que huela a progreso o signo de los tiempos. Se trata de no olvidar una palabra clave y transversal en lo que a épocas se refiere. Me refiero a la voluntad, que no es otra cosa que hacer atractiva la exigencia.
De allí que no me pueda identificar con esas corrientes de profesores jóvenes que avalan esa suerte de molicie y cierto hálito derrotista en nombre del “respeto a la personalidad de los jóvenes para evitarles trancas”. (¡SIC!)

Yo no apelo a los docentes “progresistas” ni adhiero a las corrientes psicológicas obsecuentes con la inercia paralizante y enemiga del estudio y la creatividad.

Me albergo en las palabras de Gabriela Mistral, seguramente “una vieja obsoleta” para estos apóstoles de la modernidad.
La Mistral proponía una educación metódica y exigente para erradicar el estado de marasmo fatalista y la pereza congénita. Y nos dejó una frase que sigue tan vigente como ayer: “a veces, una fábrica educa más que una escuela”.