Las compras diarias

por Silvestre Fugellie30 de noviembre de 2011

Vicente Boris Crnosija publicó en 1984 un libro titulado “Puñado de recuerdos” del cual evoco esa invasión de sardinas en el río de las Minas, que los lugareños recogían y salaban en barriles y latas de parafina para gozar más adelante de su exquisito sabor a anchoa.

También nos habla de los boliches de esquina y nos dice que muchos de esos negocios de colores rojo, verde, celeste, blanco, lucían cuadros llamativos. El de ese gordo y rechoncho, de traje impecable, reloj con cadena, anillo reluciente, que durante el menudeo de mercaderías solicitadas por el cliente, éste podía observar colgado en una pared que aseveraba: “Yo vendía al contado”, o el de su antagónico, flaco y demacrado, de aspecto lamentable, mirada extraviada, cabello
revuelto, chaqueta raída, pantalones deshilachados y zapatos desvencijados, que manifestaba tristemente su desgracia:
“Yo vendí a crédito”. O ese otro letrero que exponía: “Hoy no se fía, mañana sí; trampas afuera, menos aquí”, rematando a veces con este: “Aquí no se fía en día nublado y cuando el sol sale se vende al contado. Este régimen dura todo el santo día y al llegar la noche tampoco se fía”.

Entre sus recuerdos Boric dice: “Cuando niños estos letreros nos causaban enorme impresión, pero no por eso dejábamos de reclamar la yapa por cada compra. Cerca de casa éramos clientes de un boliche de una amable señora a quien llamábamos “La española” y que era muy generosa con la gente menuda. Muchas veces abusábamos de su buen corazón y pasábamos únicamente a consultar precios. Hecha la consulta reclamábamos de todas maneras la yapa y la buena señora invariablemente acudía al frasco de caramelos y sonreía viendo la felicidad dibujada en nuestros rostros”.

En otro párrafo expone: “Existió un negocio en una calle céntrica que ostentaba en un gran letrero la siguiente leyenda: “Compra venta de frutos del país al por mayor y al detalle”. En una enorme vitrina exponía variados artículos tales como lana, cueros, grasa, pieles de zorro, plumas de ñandú, ropa interior, herramientas, fruta, pan, mantequilla, queso, zapatos, víveres diversos y de un cuanto hay. Sucedía que muchas veces los transeúntes quedaban absortos viendo al gato regalón de la casa pasearse entre las mercaderías expuestas. Además el minino se pasaba buenos ratos echado sobre los cueros y no tenía reparo de hacerlo sobre el pan, la fruta y los víveres”.

En calle Lautaro Navarro con avenida Cristóbal Colón había un boliche cuyo dueño era conocido como “Chancho colorado”. Los muchachos de pandilla entraban al local y le preguntaban: “¿Tienes higos secos?” Y cuando el bolichero les decía: “Sí”, le gritaban: “¿Mójalos!” y arrancaban muertos de la risa. Cierta vez un niño entró con las mismas intenciones y el dueño, sin contestarle, salió de detrás del mostrador, cerró la puerta del almacén y le propinó un par de cachetadas al mocoso. Desde este suceso ya no volvieron a preguntarle más por higos secos.

Entre los boliches y pequeñas fruterías del pasado siempre rememoro al bonachón Palomino y su loro. Mientras él estaba en la trastienda su loro permanecía en el negocio sin timbre anunciador y al entrar un cliente el pajarraco gritaba: “¡Robando patrón, robando patrón!”. Pronto asomaba Palomino sonriendo y lo atendía.

En aquellos negocios menores había de todo, agujas, tocino salado y ahumado, azúcar, porotos, pan, café y una serie apreciable de productos enlatados. El dueño barajaba su poruña y su balanza, expendiendo mercaderías a granel en cambuchos que iban desde medio a cinco kilos. Si los clientes eran menores de edad, de un frasco con confites sacaba algunos y se los daba como yapa.