¿La verdad sin límites?

por Abraham Santibañez | abe@abe.cl | 10 de septiembre de 2011

Gracias a la cobertura informativa, hemos sabido todo acerca del accidente en Juan Fernández y sus protagonistas.
Sabemos la misión que llevó a Felipe Cubillos y Felipe Camiroaga junto a sus equipos, otros funcionarios públicos y al personal de la Fach. Hemos podido leer una y otra vez la última columna de Cubillos; conocemos, exhaustivamente, de su amor al mar, su vuelta al mundo y del cariño por sus hijos. Todo es cierto, según recuerdo, por lo que alcancé a conocer mientras fue decano en la U. Diego Portales. Lo mismo respecto de Camiroaga. Y, también, en una arista que me resulta conmovedora porque fue mi alumno en la misma Universidad, se nos ha dado cuenta del cariño de la teleaudiencia por Roberto Bruce. Y, como siempre ocurre en estas situaciones, se han destacado -merecidamente- las características humanas y profesionales del grupo.

Una vez más, los medios y en especial la televisión, han hecho bien “la pega”.

Pero también nos hemos enterado de detalles espeluznantes. Un periodista da pública cuenta de cómo se trabaja en el rescate de las víctimas. Y hace notar que en uno de los restos, “se podían advertir trozos de piel y venas humanas, pero resultó imposible identificar a qué parte del cuerpo correspondía”. Al mismo tiempo, las redes sociales desbordan con las críticas por el primer titular de Lun, el sábado 3 de septiembre. A veces con cierto cuidado, otras no tanto, se ha informado, se ha opinado y se ha especulado.

Durante 200 años -se cumplen exactamente el 13 de febrero próximo- los chilenos hemos dispuesto de medios de comunicación. La Aurora de Chile fue el comienzo de una historia llena de aciertos y no pocos errores. A lo largo del tiempo, en nuestro periodismo han destacado hombres y mujeres que creían que su deber era prestar un servicio fundamental en una sociedad democrática.

También ha habido personajes oscuros, como en todo el mundo, que traicionaron sus ideales y mintieron, exageraron e inventaron. Pero son los menos.

Cuando se cumpla el bicentenario de La Aurora, será oportunidad de hacer un gran balance. Pero, en este momento, como ocurre inevitablemente después de toda gran catástrofe o conmoción, hay aspectos que vale la pena examinar.

Lo primero es destacar la eficiente respuesta de los medios. Desde el primer momento se puso en marcha un gran despliegue técnico y humano a fin de entregar el máximo de información.

A partir de ese momento, sobre todo porque había personajes conocidos y queridos, millones de chilenos quisieron saber qué había pasado. Pese al dolor colectivo, satisfacer esa inquietud era lo que correspondía. Era lo que se esperaba de los medios. Pero ¿cuánto?

Entre el derecho del público a saber y la obligación de los medios de informar, siempre hay límites.

Es imposible ante una noticia de esta magnitud determinar previamente las fronteras del trabajo periodístico. Pero, como sabemos que las hay, siempre se debe partir por un momento de reflexión. La obligación es contar lo que se sabe, pero también tratar de entender cómo lo va a recibir el público.

La sensibilidad en el periodismo es buena consejera. Y aquí falló más de una vez.

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