La Tercera Edad

por Jorge Abasolo | jabasoloaravena@gmail.com | 17 de octubre de 2011

Mi tío Ramón argumentaba que llegar a la edad longeva tenía su lado positivo. Por lo menos, uno podía silbar mientras se lavaba los dientes.

Algo menos chancero, mi tío Lucho le retrucaba que si después de los 75 años uno se despertaba son dolores, era señal inequívoca de que te encontrabas muerto.

Aunque me falta para llegar a eso que eufemísticamente llaman Tercera Edad, soy un convencido de que uno empieza a ponerse viejo cuando los CDs que nos gustan no están en el mostrador de la disquería, sino más bien en la bodega.

Además, esos CDs nunca cuestan más de 2 mil pesos cada uno.

Cruelmente cierto.

En cierta ocasión mi sobrino me encargó un CD de “Los Tres”. Aprovechando la ida a la Feria del Disco solicité uno del ídolo de mis tiempos, Cat Stevens. La dependienta me miró con cierta compasión y me dijo:

- Si lleva tres CDs de Los Tres el de Cat Stevenes se lo lleva gratis.

Hasta los ídolos de mis tiempos sufren de depreciación acelerada.

Hasta hace muy poco yo era de los que se iba al baño con un diario bajo el brazo. Es que la taza cumple la función de una biblioteca transitoria y constituye también una manera de ganar tiempo en una era en que éste no sobra.

Esto de leer el diario en el baño es una práctica masiva aunque provoca un efecto pavloviano. Hace catorce años que todas las mañanas leo “La Prensa Austral” en el baño. Ultimamente, cuando alguien me muestra un ejemplar de este diario en algún otro momento del día, ocurre que empiezo a sentir una extraña sensación en los intestinos.

Raro, ¿ah?

A mi juicio existen tres señales de que usted está frisando el medio siglo de vida. O sea, los cincuenta años de edad. Vamos viendo:

1. Ya no le importa si es otro el que maneja el auto.

2. Ha resuelto consultar a otro médico porque quiere una segunda opinión.

3. Necesita lentes para leer este artículo.

Entre los 50 y los 60 años de edad cambian las prioridades del ser humano. Ahora las únicas cosas que hacemos con mucha frecuencia son orinar y asistir a funerales.

Sobre los 70 años de edad se hace carne lo que mi citado tío Ramón escribió en su diario de vida:

- “Cuando llegues a cierta edad y pienses que un estiramiento de cara o vestirse más a la moda van a lograr que parezcas veinte años más joven, recuerda esto: nada puede engañar a un tramo de la escalera”.

Si pasados los 75 años el hombre puede caminar más de 20 metros sin sentarse a descansar, asoma el síndrome de la presunción, que no es otra cosa que vanagloriarse de conquistas que no se pueden demostrar.

He aquí un claro ejemplo de ello.

Un viejo de 80 años con mucho dinero se consigue una novia de 25.

Para jactarse de su hazaña le pregunta a un amigo en plena calle:

- A mis ochenta años me pinché una chiquilla de 25. ¿Cómo me ves?
El amigo le responde:

- Hummm... te veo como la oreja de la vaca.

- ¿Cómo es eso?

- O sea, lejos del culo pero cerca de los cuernos.