La política no es un ámbito dominado exclusivamente por la razón; muy por el contrario; se relaciona intrínsecamente con las emociones; esto no es algo propio y exclusivo de los políticos; está presente en todos y cada uno de nosotros.
Es probable y me atrevería a aseverar que a muchos de ustedes les pasa igual que a mí esto es que la política no genera confianza y menos aún los políticos; estamos cansados de verlos discutir tonteras por televisión de exponer abiertamente ante todo Chile sus diferencias irreconciliables entre la izquierda y la derecha; me pregunto en qué estábamos los votantes al elegir a los políticos como representantes de la voz de la ciudadanía; esos mismos que se pelean los unos a los otros; son quienes deben velar por proporcionarnos un mayor bienestar; por mejorar nuestras leyes; por velar por un mejor país, pero sentimos que no es así; esto no lo digo yo lo dice muchísima gente; es un pensamiento colectivo; es una pregunta constante ¿por qué los políticos no son capaces de dejar de lado sus emociones? y me refiero: a esas emociones que se dejan entrever en las luchas diarias que ellos mismos televisan ante todos nosotros, ¿por qué no permiten que esas emociones funden sus acciones en pro de un mejor trabajo dirigido a todos nosotros?, queremos esa misma pasión con la que se pelean entre sí para aprobar leyes; para mejorar las ciudades; para superar la pobreza; queremos esa misma pasión para que los unos de izquierda reconozcan el trabajo del gobierno actual (no olvidemos que todo se ha centrado en la reconstrucción después del gran terremoto y que el programa que se había planificado tuvo que ser reajustado a la realidad) y viceversa.
Entonces; cuánto tiempo más deberemos seguir viendo y escuchando más y más de lo mismo; estamos hastiados de sentir que somos incomprendidos; que nuestros políticos carecen de empatía y que desconocen la realidad chilena; es así que necesitamos que la política de nuestros políticos (esos mismos que están ahí porque nosotros los elegimos y sin nosotros no estarían) sea ejercida con emoción; deben permitir que los sentimientos integren los proyectos que proponen en uno compartido, so pena de no mover a la acción. Necesitamos de sus emociones pero de las más humildes, les digo que son mucho mejores guías del gobierno de una sociedad abierta. Por ejemplo, la culpa y la vergüenza. Y es que el sentimiento propio de la vergüenza ante la humillación de otros, ante las inequidades del mundo, es probablemente la emoción que más fruto rinde a la larga y que mejor se acopla con la virtud intelectual de la justicia. Pero no es fácil hacer que la vergüenza surja en nuestros políticos, que se resisten ante ese sentimiento tan corrosivo y prefieren por ello no ver las situaciones que deberían provocarla, aunque una vez que aparece es un sentimiento implacable para orientar la política hacia lo mejor.
El sentimiento de culpa -la base de la vergüenza- es la mejor guía emocional de la humanidad en su retorcido camino hacia el progreso moral. Quizás lo que pido sea una utopía y jamás llegue a ser lo que pienso; pero ese pensamiento es una base de la política; no pido que nos entiendan; sólo alzo la voz por muchos a través de las letras para que nuestros políticos entiendan que no todas las emociones son iguales de adecuadas para el desarrollo de los proyectos de una democracia liberal y que necesitamos ver que las cosas funcionen; que las cosas se hacen; que sea eso lo que veamos; que sean los proyectos que necesitamos los que se concreten; que sea eso lo que se muestre y así sepamos que están haciendo la labor; que justifiquen su trabajo; BASTA DE REIRSE DE NOSOTROS; de subirse solos el sueldo; de no ir a trabajar al Congreso y que la plata les caiga del cielo; porque esos políticos no deben olvidar que nosotros también tenemos emociones y que estas pueden ser inestables, fugaces e incontrolables: la ira o la indignación son una de ellas, susceptibles de provocar una molestia generalizada de protestas; de manifestaciones, pero incapaces de sostenerse en el tiempo si no se transforman en reflexión compartida.