La necesaria protesta de los débiles ante los abusadores

por Eduardo Pino | eduardo.pino@umag.cl | 13 de mayo de 2011

En las últimas semanas hemos visto en el terreno político diferencias que parecen irreconciliables en algunos aspectos de nuestra realidad social. Unos piden colaboración para aprobar leyes que favorecerían a los más desvalidos, mientras que los otros retrucan que no comparten algunos aspectos fundamentales que se traducen en que las diferencias parecieran insalvables. Desde temas como el postparto, el aspecto energético y el voto en el exterior, hemos sido testigos de conatos que incluso parecieran ir más allá de lo político.

Pero donde hemos visto mayor unanimidad, tanto en la postura como en la votación, es en la recién aprobada “Ley de Bullying” en la Cámara Baja. Se ha logrado superar algunos vacíos legales respecto a la verdadera responsabilidad que le corresponde a los establecimientos educacionales, además de verificar mayor claridad en la forma de analizar a los agresores en beneficio de las víctimas. Pero un acontecimiento que realmente nos lleva a visualizar luces de asumir conciencia ante el abuso escolar fue la protesta realizada por la comunidad escolar del liceo Indira Gandhi de La Florida, en que se registró el acuchillamiento de uno de sus alumnos a manos de compañeros. Los propios alumnos se cansaron de una dinámica tan violenta como opresora de parte de una minoría de matones para gritar su descontento y llamar la atención de las autoridades. Las palizas se habían vuelto algo común, y desgraciadamente cuando las conductas se hacen habituales se comienzan a percibir y evaluar como algo “normal”. En psicología social los grupos tienden a legitimar las conductas según su generalidad (“pero si todos lo hacen”) más que por su valor intrínseco (agredir a otros es negativo porque se pierde el respeto y se pasa a llevar la dignidad de las personas).

Con el fenómeno de la violencia pasa algo interesante: todos la repudian, pero la menor cantidad de las veces se adoptan medidas drásticas que tiendan a solucionar el problema. Pero en este caso hubo algunos matices que llaman la atención: el propio ministro trató de “delincuentes” a los abusadores, más que volver a citar el conocido discurso de historias de vida deprivadas y la necesidad de comprender porqué estos jóvenes no colocan freno al momento de enterrar un cuchillo en el estómago de un compañero. Pero lo más importante son las medidas tomadas: 14 alumnos de reiterado comportamiento conflictivo son removidos del liceo para que éste pueda ir encontrando un clima de mayor tranquilidad que realmente merece. Estas medidas parece que sólo las habíamos visto en películas gringas donde un director de gran porte y cara poco sonriente echa a los matones y se queda con los que realmente desean salir adelante. Una vez que el ambiente se ha regularizado, los alumnos se adaptan a las normas y se crean vínculos de respeto mutuo, este director muestra su lado amable, comprometido y paternal, para mostrar lo que realmente es la educación: exigencia y afecto para formar personas.

Frente al bullying estábamos acostumbrados a dos fenómenos: la indiferencia de la masa, para dedicarse a sólo mirar (e incluso grabar) los abusos, tal como si fueran los espectadores de un espectáculo en un coliseo; y la impunidad de los agresores porque son menores de edad, porque todos les tienen miedo y es mejor dejar las cosas como están o porque tienen derecho a la educación y si no están aquí ¿qué les pasará en el futuro?

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