Es por todos sabido que el gobierno de Piñera ha ido poco a poco desdibujando sus promesas de campaña, y por ende ha ido traicionando a sus electores, al punto que, según lo han evidenciado sus mismos partidarios, se ha quedado sin relato, como lo planteó hace un tiempo el mismísimo Pablo Longueira.
En fin, está claro que durante las campañas electorales siempre se blufea un poco, y no costaría mucho hacer vista gorda respecto de una que otra promesa incumplida. Sin embargo, definitivamente este gobierno ha sobrepasado todos los límites admisibles. A mi juicio, el tema más grave es el relativo a la seguridad ciudadana y la delincuencia, que de seguro, le sumó muchos votos. Luego de la dictadura, la doctrina de seguridad interior del Estado que justificó los más atroces atropellos a los derechos humanos, fue reemplazada por el emblema de la seguridad ciudadana asociada a la delincuencia y al consumo y tráfico de drogas. Problema absolutamente “construido” bajo la supervisión de Estados Unidos y la criolla complicidad política transversal, ejemplo de ello es la Fundación Paz Ciudadana, que lidera el tema en nuestro país, en cuyo directorio convergen destacadas figuras de todo el espectro político nacional. Esta cueca la aviva con especial devoción toda la cofradía mediática nacional.
Chile es probadamente un país tranquilo, pacífico, ordenado, pequeño. De ello pueden dar fe los cientos de miles de pasajeros, hombres y mujeres de negocios o turistas que nos visitan y probablemente nos escojan por ser un destino seguro; un lugar donde se puede circular a pie sin correr mayores peligros, donde no existe “mordida”, etc. Sin embargo, nos hemos convencido de lo contrario y cada vez nos sentimos más inseguros, amenazados, cercados. En suma, hemos literalmente, “comprado” enterito el problema de la inseguridad con sus rejas, alarmas, botones de pánico, guardias, seguros, armas de fuego.
Sea como sea, la cosa es que la promesa emblemática de Piñera fue terminar con la puerta giratoria de la justicia, eliminar la fiesta de los delincuentes, reducir el tráfico y consumo de drogas, con mano dura para las organizaciones criminales y la mano amiga para quienes son presa de la adicción. Decir que se hacía gárgaras con estas frases es decir poco, todos nos acordamos de ello. ¿Y qué ha pasado? Bueno, pasa que ahora resulta que aumentan las cifras de delincuencia, aumenta el consumo de algunas drogas y tanto el Ministro del Interior, como el Presidente reconocen que no van a ser capaces de terminar con estos problemas como lo habían asegurado.
Desde que Caín mató a Abel, o al revés, según la versión de Piñera, desde que Abel mató a su hermano Caín, existe la delincuencia entre los humanos. Y este lapsus del Presidente viene bien para explicar cómo está la cosa en nuestro país donde grandes abusos o robos a los ciudadanos quedan impunes o sólo significan ridículas multas; nadie preso, ningún culpable castigado. El caso La Polar, la colusión de las farmacias, las cláusulas abusivas de créditos, las constructoras de edificios dañados en el terremoto o las empresas que exponen a sus trabajadores a accidentes como el de los 33 mineros. La lista es interminable. Por otro lado, la llamada seguridad ciudadana del Estado “carcelario” que somos (tenemos uno de los índices de presos más altos del mundo), busca el control social especialmente de los más pobres y se nutre del miedo que paraliza a la ciudadanía, que produce tragedias como la del incendio de la cárcel de San Miguel. Con una autoridad que sin tener argumentos y capacidad de manejo político, inventa el problema de “los saqueos”, de los “encapuchados”, que a vista y paciencia de policías blindados, hacen lo suyo sin que se les pueda controlar, todo para criminalizar el movimiento estudiantil, ese mismo movimiento que en la Onu fue descrito por el Presidente como una causa noble, grande y hermosa. En fin, el Ministro del Interior, dedicado en cuerpo y alma a terminar con la delincuencia, nos debe, a lo menos, una explicación por este problema que desde todo punto de vista resulta una gran estafa.