En sus comienzos la relación que había entre Punta Arenas con el resto del país y naciones de ultramar era por vía marítima. Los puertos y caletas del Estrecho se unían por embarcaciones. Los muelles aún no estaban en condiciones para recibir naves de mayor calado y solo aceptaban en sus costados a las más pequeñas. Los barcos fondeaban en la bahía donde no faltaban los viejos pontones que servían de almacenamiento. El puerto era como una liga de naciones: Anclaban buques de cabotaje y de guerra en breves estadías, luciendo las banderas de sus países. Recibía naves argentinas, inglesas, peruanas, alemanas, francesas, noruegas, que arribaban para abastecerse y luego continuar su ruta a puertos del Atlántico o Pacífico.
Por entonces Magallanes iniciaba la exportación de sus productos: Capones congelados, lana, cueros de ovino y vacuno, pieles de guanaco, plumas de ñandú, aceite y cueros de lobos marinos, oro, tripas y crines; pero también necesitaba abastecerse de mercadería sustentable y las recaladas de naves nacionales eran periódicas. Se debía importar. Una muestra: Papas y cebollas de Portugal; trigo, harina, verdura y frutas de Uruguay; mantequillas de Inglaterra; vinos y licores de España. Asimismo se internaban otros rubros como cerveza, calzado, tabaco, cigarrillos, papelería, perfumería, medicamentos, cristales e implementos industriales y ganaderos. Los campos magallánicos se poblaban de ovinos, vacunos y caballares traídos de otras latitudes. A consecuencia del tráfico marítimo imperante la Armada Nacional comenzó a iluminar las rutas del estrecho. En 1890 instaló los faros de Dungenes y Posesión, en 1896 el Evangelista en 1902 los de Punta Delgada e isla Magdalena y en 1904 el de San Isidro.
Mientras esto sucedía la bahía de Punta Arenas, puertos y caletas situados a lo largo y ancho del laberinto magallánico bullían de actividad: Varios pontones reflejaban sus siluetas anclados en la bahía y el historial náutico daba cuenta del naufragio del “Torino” en Policarpo Cove, costa oriental de Tierra del Fuego; del “Oropesa” que arribaba en uno de sus viajes periódicos proveniente de Valparaíso; del “Yáñez” que iba en auxilio de la goleta “Cristina” varada en río Cullen cerca del cabo Espíritu Santo; del pontón “Oneida, primer frigorífico de la zona perteneciente a la firma Waldron y Wood, varado en la playa de Punta Delgada. En la bahía extendían sus esloras algunos barcos chilenos, argentinos, ingleses. Anclaban veleros alemanes y noruegos. Pequeñas embarcaciones, cúteres y goletas, surcaban el Estrecho en demanda de puertos y caletas en busca de productos, luciendo sus nombres de “Leonora Gilli”, “General Garibaldi”, “Juanito”, “Adria”, “Magallanes”, Monte Veo”, “Teresina”. Cuadrilla de jornaleros laboraban en los muelles. Marineros de ultramar bajaban a tierra. Capitanes y patrones dirigían maniobras de atraque y desatraque. La carga era transportada por carretas y carromatos fleteros. El tren de mina Loreto, con su fila de vagonetas cargadas de carbón, surtía las calderas de vapores y depositaba parte de su carga en pontones carboneros. Lanchones de carga toados por remolcadores abarloaban a buques y trasbordaban su mercadería. Lanchas cisterna surtían de agua potable. Balsas cargaban rollizos de madera desde los muelles de aserraderos. En fin, la bahía se agitaba hacendosa y próspera. En ese tiempo la industria y el comercio surgentes traficaban sus productos por vía marítima, hasta cuando comenzaron a aterrizar los aviones de carga y a llegar los primeros camiones de transporte terrestre. Entonces los buques fueron disminuyendo sus entregas y cerrando portalones y escotillas; sin embargo, la bahía de Punta Arenas continúa inalterable y abierta para recibir las naves nacionales y extranjeras que cruzan las bocas del Estrecho.