Con su libro “La Aventura del Pensamiento”, (Editorial Sudamericana), Fernando Savater demuestra que se puede enseñar esta asignatura hasta enamorarse de ella
Raro lo que me pasa desde cabro.
Siempre me ha gustado la filosofía, pero no entiendo ni jota de ella. Lo único que les puedo decir es que nunca un ser humano está más filósofo que en sus malos ratos. ¿Se han fijado?
Me caen bien los filósofos. Siempre tienen respuestas para dejarlo a uno pensando más allá de la cuenta y tan descolocado como gitano en un sauna.
Por ejemplo, Sócrates solía visitar a un hombre muy rico, y un discípulo le comentó:
-Si visitas a los ricos es porque te gusta la riqueza.
Y Sócrates le contestó:
-Tus deducciones son como las de un niño que no ha llegado a la edad de la razón. ¿Qué me dices de los médicos que visitan a los enfermos? Eso no significa que les gusten las enfermedades.
Hice todo este prolegómeno (¡qué término tan siútico!) para decirles algo de un libro francamente original y digno de leerse este verano. Se llama “La Aventura del Pensamiento” (Editorial Sudamericana, 375 páginas) Su autor es el vasco Fernando Savater, que nos pasea por las biografías de los más grandes filósofos de la historia de una manera amena.
Por ejemplo, de Tomás Hobbes nos reseña que –como buen inglés- fue un filósofo de fuerte contenido práctico.
El lado flaco de Hobbes es que todo lo reducía a cuestiones corpóreas. De él es la frase “el hombre es un lobo para el hombre”, vigente más que nunca en estos tiempos en donde la ética se fue al exilio hace rato y la decencia ha sido sustituida por el oportunismo.
Adversario de Descartes –a quien conoció personalmente- el lado flaco de este pensador es insistir en que solo existen los cuerpos materiales, unos más groseros, otros mas sutiles pero todos cuerpos, al fin y al cabo. Si lo llevamos al lado político –otra pasión de Hobbes- puede tener algo de razón. Políticamente hablando, no da lo mismo el cuerpo de Marcela Sabat que el de María Antonieta Sáa.
Savater también nos habla del inefable Carlos Marx, quien habló de la importancia del trabajo y del capital. Como no tenía capital y escribía más que trabajaba, se buscó a un “medio pollo” que le suministrara ambas cosas: Federico Engels, con quien hizo una dupla famosa. Fueron algo así como Melón y Melame de la época.
No fue consecuente con su clase, pues profitó de su amiga y luego esposa Jenny von Westphalen, una baronesa de la rancia aristocracia, a la que sacó de la vida burguesa y la hizo sufrir como dama de teleserie.
“La aventura del pensamiento” también se refiere a Bertrand Russell, que opinaba de todo: desde el absurdo de la primera Guerra Mundial hasta la deformación de la nariz por el exceso de mocos. Justamente por oponerse a la primera guerra mundial pasó una temporada en la cárcel. Solo y enclaustrado, allí tuvo tiempo suficiente para pensar
“detenidamente”.
Savater no deja de lado a Schopenhauer, un tipo que de existir en la época actual hubiese sido militante del PRI, hincha del Santiago Morning, admirador de Quelentaro, partidario de la Unidad de Fomento y suscriptor de “El Siglo”. No en vano fue el rey del pesimismo.
“La aventura del pensamiento” (Editorial Sudamericana) es un texto altamente recomendable para hurgar en el pensamiento de los grandes filósofos de todos los tiempos.
Ideal para filosofar en verano…