Inimaginable perversión

por Abraham Santibañez | abe@abe.cl | 19 de noviembre de 2011

Si se tratara de un best-seller como el Código Da Vinci, se podría entender esta desorbitada mezcla de sexo, afán de poder y riqueza bajo un manto de religiosidad. Pero lo que acaba de entregar la ministra Jessica González en 84 páginas tamaño carta, es peor: una obra de la vida real, en Chile, que abarca tres décadas por lo menos, y cuya existencia fue negada sistemáticamente.

El fallo que sobreseyó al sacerdote Fernando Karadima puede ser apelado, pero es difícil que lo sea. Ya antes se pidió, sin éxito, que se reconsiderara su condena canónica.

El fallo de la ministra González es implacable. Como el escalpelo de un cirujano, hurgó por meses en el entorno de Karadima, recogió crudos testimonios y finalmente armó un puzzle que nadie anticipaba. Los años de Karadima en El Bosque, su privilegiada sede en el barrio alto -antes que los santiaguinos acomodados se desplazaran más arriba a los faldeos cordilleranos-, constituyen una historia sórdida. No es ficción sino una exploración descrita sin eufemismos en las áreas más oscuras de la perversión humana. Debería ser lectura obligada de abogados y profesionales dedicados a asuntos eclesiásticos y candidatos al sacerdocio y sus padres. Ojalá la leyeran, también, las autoridades religiosas.

En lo fundamental, concluye la ministra, “la fuerza de los indicios reunidos en esta investigación consistentes en la reiteración de un patrón de conducta, la forma en que el sacerdote (Karadima) se relacionaba con sus dirigidos, la elección de víctimas vulnerables, el ambiente de abuso y poder instaurado por éste al interior de la parroquia, la autoridad ejercida en lo espiritual y personal y los medios empleados para mantener el control del grupo, se estrellan con (su) versión... restándole crédito”.

Según la jueza, en un caso que sintetiza todos, “fluye de los antecedentes reunidos que el sacerdote se habría valido del vínculo de superioridad y de dependencia psicológica creado con la víctima mediante lo cual habría suprimido su voluntad, permitiéndole, a través del ejercicio abusivo de su ministerio, ejecutar acciones de carácter libidinosas, relevantes, no consentidas y transgresoras de la libertad del ofendido”. También anota lo que ya se sabía: “toquecitos” en los genitales y, en algunos casos, conductas abiertamente homosexuales. Pese a que el de Karadima era un ambiente elitista y acomodado no se excluye la vulgaridad o el tratamiento con nombres femeninos entre hombres.

Al final, como ya se sabe, el fallo aplica la prescripción de la acción penal. Pero, como dijeron los cuatro querellantes, para ellos lo más importante era que se comprobara que tenían razón después de tantos años de silenciamiento y rechazo.
Para el querellado lo más doloroso debería ser la condena canónica, que ya empezó a cumplir: “Retirarse a una vida de oración y penitencia y la prohibición perpetua del ejercicio público de cualquier acto de ministerio”.

Para alguien que cultivó con esmero la fama de santo, es sin duda un golpe abrumador.

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