Homs pena en Chile

por Abraham Santibañez | abe@abe.cl | 11 de junio de 2012

Hace unas semanas, después de visitar Homs enviada por la Onu, la baronesa Valerie Amos, expresó que había sectores “completamente destruidos... Es-toy preocupada por lo que le puede haber ocurrido a sus habitantes”, recalcó.

Después de quince meses, la revuelta en Siria no cesa. Naciones Unidas estima que al menos han muerto nueve mil personas. El observatorio sirio de Derechos Humanos sube la cifra de víctimas fatales a doce mil.

En Chile, hasta ahora, sólo el gobierno ha denunciado esta situación. La opinión pública, en cambio, no parece muy impactada. Pero debería estarlo. Nuestros países han sido muy cercanos. Hace un par de años, con motivo de nuestro bicentenario, se realizaron diversas actividades culturales. Entre otros festejos, circuló en Siria un ejemplar de Condorito en caracteres árabes. Pero esta relación empezó mucho antes. En 1885 llegaron a Chile los primeros “turcos”, así identificados porque traían pasaportes del Imperio Otomano.

Sirios, palestinos, libaneses viajaron por razones sencillas: como cristianos, querían liberarse de la opresión del régimen del Abdul Hamid, “terrible sultán”, según recuerda uno de sus descendientes. También buscaban mejores horizontes económicos.

La mayoría tenía un punto de partida común. Un 36 por ciento de los palestinos procedía de Beit-Yala y una cifra similar (35 por ciento), de Belén. El 46 por ciento de los sirios venía de Homs; un nueve por ciento adicional era de Safita. Hoy se calcula que la colonia siria está compuesta por unas 180 mil personas.

Chile fue para ellos una tierra de oportunidades. Aquí encontraron, además, un paisaje muy similar al de su tierra. Lo mismo ocurre en sentido inverso. Lo consignó el economista Reinaldo Sapag, al visitar Siria por primera vez, “no tuve la sensación de encontrarme en un país ajeno”.

Chucri, el padre de Reinaldo nació en Homs. Amelia, su esposa era hija de sirios. A comienzos del siglo XX se quedaron en el puerto de San Antonio. Otros coterráneos se instalaron en Los Angeles, en la VIII Región o establecieron sus negocios en calle Patronato, en Santiago.

En 2007, hace apenas cinco años, el ambiente en Siria era apacible y Sapag vivió emocionantes situaciones. Visitó el sitio donde estuvo antes la casa familiar. Encontró una moneda de oro del tiempo de los turcos como las que costearon el viaje de su padre y experimentó en carne propia la ancestral amabilidad de los sirios. Se reunió con más de una docena de parientes: tíos, sobrinos, primos.

Esos momentos ya pasaron y es difícil saber si se podrían repetir. Desde que estalló la Primavera Arabe el año pasado, toda la región entró en una violenta crisis. El gobierno sirio comenzó la represión contra las protestas pacíficas que rechazaban el régimen del presidente Bashar Al Asad, cuya familia ha gobernado durante 42 años.

Hasta ahora, los esfuerzos internacionales -incluyendo el envío del ex Secretario General de la Onu, Kofi Anan- han sido inútiles.

Son muchas las ciudades sirias que han sufrido los ataques de las tropas del gobierno. Pero Homs es, quizás, la más castigada.

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