Te fuiste casi como llegaste.
No avisar nada era tu conducta frecuente...
Entendiste la vida mejor que nosotros.
Entendiste que esto era una fiesta,
A la que llegamos sin que nos inviten,
Y nos vamos sin que nos echen.
Creo que fue el gran escritor norteamericano Mark Twain quien escribió una vez: “Puedes recoger a un perro que ande muerto de hambre, le das de comer y –de seguro- jamás te morderá. Esa es la diferencia más notable entre un perro y un hombre”.
No es casualidad que toda cita o referencia al perro hace mención a su lealtad incondicional. Su hidalguía no sabe de relativismos.
No me interesa tu nombre...
Tu raza, no me interesa...
Te miro a ti, miro al Hombre,
Y siento una gran tristeza.
Llegó a casa fortuitamente, como buscando un alero que se transformara en destino. Supo ser dócil aunque no rastrero.
Su estadía junto a nosotros fue grata, y tal vez por eso ahora sólo parecen instantes. El destino nos cruzó sin quererlo, como si un siglo se redujese a unos momentos. Le bastaron orinar y una mirada sin complejos para decir “es de los nuestros”.
Nunca haces comparaciones
No te importa la riqueza...
Traigo esto a colación porque el 27 de diciembre recién pasado dejó de existir en Angol, nuestro querido Joe, un perro que no tenía mayores títulos y status que su condición de tal, ajena al boato, a la estridencia y al qué dirán, lacras tan ominosamente humanas.
Joe llegó a nuestra casa ya bastante adulto. Sus antiguos dueños lo abandonaron y desde entonces se dedicó a vagar…a buscar comida y recuperar los afectos perdidos. Junto a mi hermana María Teresa le dimos cobijo y al poco tiempo ya era de la familia.
A veces, ...¿sabes...?
Yo pienso que Dios te puso en la tierra,
como símbolo de Amor,
que los hombres no interpretan.
Decir que eres un Amigo
Hasta sonaría con gusto a ofensa
AMIGO es una medida...
Y al Perro le queda estrecha...
Se adaptó con facilidad. Era hijo del rigor y se tuteaba con la adversidad.
Claro, el paso inexorable del tiempo -y habiendo pasado la mitad de sus andaduras en la calle- su cuerpo acusó los primeros embates de la fatiga postrera. Con un corazón desfalleciente, unas patas que ya no respondían, le era imposible llevar una vida agitada. Entonces, reemplazó las correrías por el tranco cansino y los juegos por la más plácida de las siestas.
Algunos de esos dolores de cabeza y accesos de rabia que nos hizo pasar, hoy los recordamos con un mohín de asentimiento y ternura. Simplemente sonreímos al recordar las “gracias del Joe”, incapaz de proceder de mala manera, ajeno a la maledicencia y genuino en todo su quehacer.
Tan solo pides cariño
Y hay gente que te lo niega.
En muchas ocasiones le traje regalos. Como respuesta, él atinaba a mover la cola. Cuando llegaba con las manos vacías, me recibió siempre de la misma forma. Son esos gestos, tan alejados a la realidad humana que nos hace acercarnos y querer a estos cuadrúpedos que no necesitan hablar para hacerse entender.
Francamente no sé si los perros se van al cielo, pero cuando muera me gustaría ir adonde ellos van.