Sabemos que la muerte es amarga. Y la muerte intempestiva, la que llega antes de tiempo… esa que espera aleve -agazapada en un recodo del destino- es más que amarga. Es cruel e infame.
La fatídica noticia partió como una bofetada al sentido común y a la lógica cristiana… o de todo ser humano bien parido. Un avión se había perdido el viernes 2 de septiembre y nada se sabía de él. Oficialmente sólo estaba extraviado y -por lo tanto- había que ser pacientes. En esa exasperante espera había aún un rescoldo de esperanza. Pero las horas abrieron la grieta de la aciaga realidad: que hubiesen sobrevivientes era cosa de eso que llaman milagro.
Y así, Juan Fernández dejó de ser el lugar ideal para ser visitado o el nicho de inspiración de Robinson Crusoe. Hoy está destinado a grabarse más aún en la memoria colectiva, pues los lugares en donde no se ha amado ni sufrido, no dejan en nosotros ningún recuerdo.
Unos pocos segundos pusieron al desnudo la fragilidad en la que habitamos. La noticia -una vez confirmada- nos asomó a la angustia del ser humano ante el absurdo del mundo.
Se nos fueron -entre muchos- dos Felipes. El de la pantalla chica supo ponerle discreción a un ambiente poco mesurado, donde al cotilleo se le maquilla como verdad irrebatible. Cubillos, desechó la vida confortable para darse a los demás y levantar el ánimo de un país grisáceo que apenas comenzaba a poner de pie luego del terremoto. En otras palabras, supo ponerle techo a la desesperanza.
Acontecimientos como el de aquel viernes -donde la suerte trastabilla ante el infortunio- nos recuerdan que la vida tiene mucho de bipolar: noche y luz; alegría y tristeza son caras de una misma moneda. Y no dejé de pensar lo de siempre en estos casos: ¿de qué irían hablando segundos antes del momento fatal? ¿Se contaban sus cuitas personales? ¿Infidencias de viaje? ¿Pullas propias de la alegría de saber que se les esperaba con ganas y con cariño?
Definitivamente nada podemos ante los dictados del destino implacable. Cuando la adversidad se ensaña con el destino humano, no hay libreto ni software que nos libere de la fatalidad. Como usted, amigo lector, esos días pasé por toda la gama de emociones humanas.
Hoy -ya algo desentumecidos de ese estado groggy en que quedó el alma nacional- creo más que nunca que los 21 pasajeros pasaron a mejor vida.
Falleció gente de la buena, gente de las artes, de la Fuerza Aérea y gente de la TV. Dios quiera que ciertos afanes mediáticos no terminen ahora frivolizando la muerte. Por un lado se contribuye al tabú social, según el cual no está bien visto tratar con la muerte ni hablar de ella, y por otro se paganiza el acontecimiento y se ofrece un escape exótico de la mano de acontecimientos trágicos que por lo mismo- aseguran raiting.
Si hay un lugar ideal que sirve de remanso al espíritu humano cuando éste es levantisco, de seguro que allá están. Si ese lugar se llama cielo, seguro, allí habitan ahora.
Sea como fuere, creo que están bien… allá en el cielo, o como se llame… los veintiuno.