“Escritura de alta tensión”

por Jorge Abasolo | jabasoloaravena@gmail.com | 2 de mayo de 2011

Luis Oyarzún fue un chileno excepcional y en eterno estado de vigilia.

Le interesaba todo y la idiosincrasia nacional capturó su interés con pasión de hincha del balompié.
Se lamentaba de que Chile no se identificara de mejor modo con el mar.

Somos un país con vasto litoral, al que no se le saca provecho. Como si fuera poco, el chileno no incorpora a su dieta productos marítimos. Excepto en Semana Santa, claro. Una cosa que el japonés envidiaría, acá lo tomamos con una apatía que pasma.

Traigo esto a colación luego de leer “Escritura de alta tensión”, (Editorial Catalonia) del profesor Roberto Hozven. Un libro ameno en torno a la figura de Luis Oyarzún Peña, filósofo de verdad, fustigador de costumbres y desacralizador de sofismas. Sin duda, uno de los chilenos de exportación y más brillantes que produjo el siglo 20.

Para Hozven, Oyarzún fue un poeta de la prosa.

El mundo del arte y la literatura significó para este intelectual la posibilidad de encontrar una perspectiva donde la cultura humara rimara. Una perspectiva de visión, un aleph borgiano que permitía una mayor conciencia de la vida misma.

Propietario de un espíritu inquisidor, Oyarzún fue insolente (léase como demasiado amigo de la verdad), apasionado, genial e insatisfecho. En esto me recuerda a otro genio -Ortega y Gasset- para quien la valía de un hombre se mide por su capacidad de insatisfacción.

Oyarzún fustigó la molicie chilena, que deja entregado el cambio de estilo de vida el mero azar. Ni hay chileno que piense que pueda convertirse en rico… a través de un golpe de suerte.

Acá la constancia o el trabajo arduo es considerado cosa de “pajarones” o de quienes tienen mentalidad de borrego. El chileno cachazudo, la pillería nacional estima que siempre hay un tonto a quien timar o explotar.

A eso hay que agregar que el chileno tiene un repertorio de quejas que ya se lo quisieran los actores de teleseries.
En esto de ponerse el parche antes de la herida, el chileno puede dictar cátedra. Oyarzún estimaba que ello obedecía al hecho de que vivimos en “zozobra esperanzada”. Alimentamos esperanzas –dice- pero bajo un oscuro horizonte de “escepticismo vitalista”.

Puede inferirse de lo que dice don Lucho que el fatalismo chilensis tiene el entusiasmo castrado. Es el entusiasmo del primer día de trabajo. Es el entusiasmo de la primera letra.

Como voyerista de la vida, auscultó la idiosincrasia nacional con lucidez de morfinómano y hasta comparó la política con un partido de fútbol. En serio. “Ambos, los futbolistas en el estadio y los políticos en sus cámaras, se muestran lo más lejos posible de aquellos que los necesitan de modo inexorable”.

Una frase henchida de esplendor estético, como tantas suyas.

“Escritura de alta tensión” es un libro imperdible para una buena biblioteca.

Gracias a Roberto Hozven por escribirlo;gracias a Editorial Catalonia por editarlo; y gracias a Verónica Vergara por hacérmelo llegar.