Escala sinfónica

por Ramón Arriagada20 de junio de 2012

De regreso a Magallanes el fin de semana hago una escala en Concepción. Es increíble cómo la vida diaria sigue igual en una región sacudida por uno de los terremotos más traumáticos que recuerde Chile. Recorriendo sus calles centrales no puedo evitar el recuento de imágenes dantescas; de edificios volteados por la furia de la naturaleza, hombres-rapiñas huyendo con pertenencias de supermercados saqueados, maremotos y guardias armadas
vigilando los barrios.
Víspera de la marqueteada celebración del Día del Padre. Familias completas que concurren presurosas, como autómatas ante los plañideros llamados, que provienen de los modernos templos de adoración al consumo. El mall “El Trébol” está funcionando a tablero vuelto ese día sábado; los compradores blandiendo tarjetas de créditos, se llevan todo el chinerío, a tres meses sin recargo. Opto por saber que está pasando en el otro Concepción. Siendo la segunda ciudad de Chile, cuna de una de las mejores universidades del país, algo tenía que ofrecer. No me equivoco.
Para ese sábado lluvioso -de mucho humo de leña- en la cartelera están la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Concepción anunciando la interpretación de la “Quinta Sinfonía” de Beethoven; en la Catedral, “La Misa de Requiém”
de Mozart con la fantástica Orquesta Juvenil de Curanilahue, apoyada por conocidos tenores y sopranos nacionales; en tanto el casino local anunciaba a componentes del ballet sobre hielo de Moscú.
Descartado el ballet en el casino, lo consideré presuntuoso; estos espectáculos a veces se aprovechan de la buena fe del público y están muy lejos de ser los auténticos. La decisión final fue difícil, pero elegí vivir la emoción de escuchar los acordes iniciales de la “Quinta Sinfonía”, el famoso “plata pa´ pan”. Mi vecino, el señor Schaeffer, brillante intérprete del violín, al morir pidió en la lápida su nombre con un pentagrama del famoso primer movimiento.
Por mucho tiempo, los visitantes al cementerio de Chillán, visitaban la tumba para apreciar la última voluntad del músico.
Con el espíritu elevado por los sones de tan majestuosa creación humana; incrédulo de estar viendo cerca de cien intérpretes en el escenario, no puedo dejar de recordar el trabajo encomiable de la comunidad salesiana natalina, por seguir privilegiando a sus jóvenes músicos. Al mismo tiempo, agradezco que en Chile existan universidades,
que no pensando en el lucro, sigan manteniendo actividades dirigidas a enaltecer los valores más significativos del quehacer cultural.