En la segunda mitad del siglo pasado el peso de Estados Unidos en el mundo era tal que muchos pensaban -como lo graficó el comentarista José María Navasal- que todos deberíamos tener derecho a participar en sus elecciones.
El panorama global ha cambiado y el peso de la balanza apunta a otros puntos del planeta. Si hubiera elecciones libres y democráticas en China, lo aconsejable sería demandar que nos dejaran participar en ellas. No es un detalle menor que la mayor parte de los productos que nos acompañan en nuestra vida diaria tengan el marbete “Hecho en China”. Esto incluye prendas de vestir, herramientas de todo tipo, incluyendo computadores y artefactos electrónicos y, de manera creciente, vehículos motorizados.
Como esta eventual participación no está garantizada ni siquiera para los propios chinos, la recomendación es que por ahora sigamos mirando lo que ocurre en “América”, como definen los estadounidenses a su país.
La carrera presidencial, que culminará en noviembre próximo, ya entró en tierra derecha. Aunque, como siempre, hay numerosos candidatos marginales, los verdaderos contendores serán seguramente el actual Presidente, el demócrata Barack Obama, y el republicano Willard Mitt Romney, ex gobernador de Massachusetts.
En Estados Unidos el sistema está lleno de originalidades: los candidatos se definen estado por estado, fundamentalmente a través de primarias y asambleas locales (caucuses). Es un esfuerzo desgastador que no se da en ningún otro país, igual que las apoteóticas convenciones que finalmente designan de manera oficial a los candidatos. También es poco ortodoxo el hecho que las elecciones sean indirectas, es decir, sin que el ciudadano pueda votar por su favorito, sino por alguien que lo representa. En este panorama variopinto, tras la caída de otros dos rivales, había seguido dando la pelea por los republicanos el ex senador Richard John Santorum. Pero, finalmente, abandonó la lucha.
Lo hizo después de Semana Santa, que calificó como un período “de oración y reflexión”. Católico practicante, de ser elegido Presidente, habría sido el primer “papista” desde John F. Kennedy. Dejó la competencia debido a los mejores resultados de Romney y, también, debido a los serios problemas de salud de su hija de sólo tres años.
Ya está claro el panorama: las opciones son Obama y Romney.
A Obama, como Presidente en ejercicio, nadie lo ha desafiado entre los demócratas. La pelea, en cambio, ha sido dura para Romney. Su estrategia fue, hasta ahora, extremar posturas conservadoras, lo que puede llevarlo al desastre ante Obama.
No es carismático. Romney, escribió un comentarista en la revista Time, cuando celebra una victoria, desborda tanta alegría como la artritis. Obama, en cambio, en la campaña pasada demostró que era capaz de convertir las victorias -e incluso algunas derrotas- en “un derroche operático de entusiasmo”. Y es un hecho que es el que está mejor posicionado.
Pero la batalla es larga y Romney ciertamente se esforzará como nunca antes.