El turismo chileno…

por Jorge Abasolo | jabasoloaravena@gmail.com | 1 de agosto de 2011

Se trata de la industria sin chimeneas, y -por la forma en que se trata en Chile- también podría ser la industria sin iniciativa.

Desde que yo era chico… bueno, siempre he sido corto de estatura, pero lo que quiero decir es que desde que tengo uso de razón (según mi señora, desde hace como tres semanas) que vengo escuchando que el turismo en Chile no se explota como debiera. Bellos paisajes sureños que poco o nada deben enviar a Europa, son dejados a la mano de Dios y los gobiernos no le dan ni una manito de gato, siquiera.

El fomento del turismo en Chile es pobre y tuberculoso.

Me cuentan que algunas autoridades de la Undécima Región le han pedido a Hidroaysén que ejecute una campaña en el exterior para hablar de las bondades de esa zona. Raro, ¿eh? A los mismos que dejarán a la región más pringada que un leproso se les pide que fomenten el turismo. Es como pedirle al diputado René Alinco que se convierta en portavoz de una escuela de choferes.

Les cuento todo esto porque la semana pasada me fui con mi mujer a Valle Nevado, arrancando del pésimo aire que respiramos en Santiago y descansar un poco de unas jornadas intensas. La nieve es siempre bienvenida y respirar aire puro me galvaniza los nervios.

El hecho es que como a 10 kilómetros antes de llegar a destino, fuimos conminados a poner cadenas a las ruedas del vehículo. Lo hicimos. Tras almorzar en pleno casino de Valle Nevado (de cuyos precios no quiero acordarme) se nos ocurrió comprarnos unas parkas, ya que el frío es el compañero fiel de todo albergue en la nieve. Lo que pagamos fue una pelotudez de la que aún me arrepiento. La indumentaria nos salió más cara que amante de futbolista.

Pero no se trataba de amargarnos. Lo pasamos estupendo y nos vinimos al caer la tarde.

Ahí sobrevino lo peor.

Tuvimos que sacar las cadenas y –tanto yo como mi mujer- somos ineptos en grado superlativo en todo lo que tenga que ver con vehículos.

Algo angustiados, me fui a pie a pedir ayuda a un asistente de ruta. Le expliqué la situación y me dijo que ellos no tenían nada que ver, que me fuera 200 metros más arriba para pedir ayuda a los encargados de Vialidad. Caminé los 200 metros jadeando, ya que los 3 mil metros de altura se hacen sentir, más aún en un tipo como yo, que conserva buen fìsico sólo para jugar cacho y dominó.

Allá recibí una respuesta similar:

- “Nosotros no tenemos nada que ver con eso”.

Quedé más desconcertado que un marino boliviano.

Regresé al coche más cansado y sin ninguna solución.

Me puse a hacer dedo hasta que se detuvo una camioneta. Dos tipos se bajaron y solícitamente procedieron a sacar las cadenas de las ruedas, que estaban algo atascadas.

MORALEJA: No regreso a Valle Nevado ni amarrado.

¿De qué manera cuidamos a los turistas extranjeros si hasta con los nacionales hay una orfandad absoluta?
La generosidad de don Sergio Salgado y su ayudante nos salvaron de una tarde que pudo ser tan triste como letra de tango.

Lo que no pudo la asistencia de Valle Nevado sí lo consiguió la voluntad de dos chilenos anónimos y de quienes estaré eternamente agradecido.
He dicho…