A los judíos los tenemos por apretados, cicateros y capaces de urdir cualquier cosa con tal de ganar dinero.
El dicho “más pillo que judío en apuros” lo vengo escuchando desde que usaba pantalón corto y me tenían que sacar los mocos.
Hay mucho de mito en ello.
Lo cierto es que los judíos se saben un pueblo atribulado, lo que los une y cohesiona con más fuerza.
En la universidad los aprendí a conocer. Se ayudaban entre ellos y constituían una especie de gettho. Es que se saben perseguidos y aunque eso es parte del pasado, les quedó el sambenito y no se han podido sacar del todo ese delirio de persecución. Y es que durante centurias fueron despreciados por su miseria. Se los veía como leprosos o como médicos con funerarias. O sea, en permanente estado de sospecha. El pueblo cristiano y musulmán achacaba sus penurias al castigo celeste: entre los cristianos por haber asesinado a Cristo y entre los musulmanes por no haberse plegado a Mahoma. Es decir, desde todos los ángulos les daban como bombo en fiesta.
Se llegó a especular que hasta Dios les tenía mala y por eso inventó a los árabes, que vendrían siendo algo así como un invento anti-semita.
Exagerado, por cierto.
Entonces se parapetaron en la filosofía y en la ilusión de ganar dinero. Un viejo relato da cuenta de dos amigos judíos que conversan a la entrada de un kibutz.
- ¿Cuál es tu meta en la vida?
- Poder tener claros mis principios.
- ¿Los principios? ¿Y para qué?
- Para poder llegar a los fines.
- ¿A qué fines?
- A los fines de mes porque ando muy jodido.
Los primeros judíos realmente ricos asoman recién en el siglo XVIII, y asoman tímidamente, por miedo a que los del siglo anterior les pidieran plata. Fue un tal Rothschild el primer millonario semita. Astuto y nada de gil, instaló a sus cinco hijos de manera estratégica en diferentes países de Europa y se enriqueció más aún con la caída de Napoleón. Con Rothschild se inicia el repertorio interminable de chistes judíos que giran en torno a los pobres que van a pedirle limosna.
Disfruten éste:
En aquellas sinagogas donde concurrían los judíos que ganaban dinero se formaban filas de mendigos dispuestos a pedirles plata. Se desarrolló una gran empatía, al extremo de que cada judío rico identificaba a “sus” mendigos y hasta los conocía por sus nombres. Cierta mañana no llegó el donante de uno de los menesterosos. Este, miraba con angustia cómo sus colegas de limosna recibían las monedas y billetes mientras él se quedaba con las manos vacías. Desesperado, preguntó al bedel de la sinagoga dónde estaba “su” mecenas.
- ¿No lo sabías? Se fue de vacaciones a las termas…
- ¡Pero cómo! ¿Se fue de vacaciones con mi plata?
Me acabo de enterar que la eterna gresca entre árabes y judíos parece llegar a su fin. En un gesto de solidaridad suprema, han optado por repartirse el Muro de los Lamentos.
En efecto, los judíos se quedarán con el muro y los árabes con los lamentos.
Llego al fin de esta columna. Mejor así, porque tengo mucha hambre y las tripas me están sonando.
Debo ir almorzar porque ando con el estómago tan vacío como alcancía de sinagoga.