El Panteón

por Silvestre Fugellie2 de mayo de 2012

En un artículo Richard Pfùtze hace recuerdos de su estada en el antiguo poblado de Punta Arenas, establecido en la ribera del riachuelo El Panteón. Dice:

“El abastecimiento de agua potable se realiza no sin algunas dificultades. El agua potable puede ser traída mediante botes desde el río de las Minas, situado al noreste de Punta Arenas y además del río El Panteón al sureste de la ciudad, que atraviesa el pueblo y desemboca en una extensión de varios cientos de pasos, separado del mar por un banco de arena no muy ancho”.

Esta reminiscencia se remonta al año 1882. Antes, en 1867, el profesor José Vicente Burtillos había informado que a dicho estero lo llamaban vulgarmente río de la Mano y que los muertos del pueblo eran sepultados en un terreno próximo al riachuelo.

El 9 de abril de 1894 un decreto establece que el nuevo cementerio de Punta Arenas, de cuatro hectáreas, está situado al norte, en la avenida La Pampa, y a un kilómetro del río de las Minas.

En febrero de 1849 finaliza el traslado de Fuerte Bulnes a Punta Arenas y desde 1855 hasta fines de siglo opera la pequeña necrópolis El Panteón. En ese cementerio primaba la discriminación: El linde norte se destinaba a los católicos y el sur a los disidentes. Allí fueron sepultadas las víctimas de la corbeta inglesa “Dotterel”, que había explotado el 21 de abril de 1881 en la bahía de Punta Arenas. Este camposanto estaba situado en el terreno ocupado actualmente por la Plaza Lautaro.

Cuando lo clausuraron sus túmulos contenían unos mil trescientos cadáveres que, incluidos los de la “Dotterel”, fueron trasladados al Cementerio Municipal de Avenida Manuel Bulnes, ex La Pampa. En aquel tiempo los finados eran conducidos a pulso y más adelante en un carrito especialmente diseñado por el Cuerpo de Bomberos.

Tal camposanto, como expresa Pfùtze, era conocido como El Panteón y el riachuelo que lo bordea tenía el mismo nombre; pero fue cambiado, supuestamente, por esta leyenda popular.

“Un muchacho se disgustó con su madre y ella lo maldijo. La maldición afectó al joven mientras trabajaba en una carpintería del sector. La sierra eléctrica le cortó la mano y éste la tiró al riachuelo. Los vecinos al ver la extremidad en el estero lo bautizaron como río de la Mano”.

Lo sorprendente de esta fantasía es que en aquel tiempo no había una planta generadora de electricidad ni, por supuesto, sierras eléctricas, y el estero no era río sino arroyo. Por ese lugar de El Panteón para con frecuencia el viento del sudoeste, que barre las calles de Punta Arenas y que, por venir de allí, lo bautizaron “Panteonero”, apelativo reconocido en los derroteros de la marina.

La leyenda de este apelativo se asemeja a un mito. Si efectivamente se halló una mano posiblemente pertenecía a la afloración de algún cadáver; pero es más razonable que este nombre provenga del uso de su líquido. En ese sector se estableció la primera población de la colonia, que se abastecía de las aguas del río de las Minas y su traslado demandaba mucho esfuerzo. Tal vez a alguien se le ocurrió que las aguas del arroyo también eran potables y las tenían más cercanas, o sea, más a mano. Quizá este hábito haya generado el nombre del estero.

Muchos topónimos de la región, después de sus asentamientos reales, fueron investidos con leyendas nacidas de la simplicidad de sus autores anónimos y algunos han pasado a constituirse en calificativos históricos porque, a veces, al parecer, es más atractiva la fantasía que la realidad.