El domingo 22 de este mes se cumplieron ciento veinte años del Padre Alberto Hurtado Cruchaga. Dejo constancia de la admiración que experimenté por él al escuchar sus prédicas.
Lo admiré como hombre de fe, cuya devoción por Dios y su Iglesia marcaba su personalidad, lo ensamblaba con su ser total. Nos visitó en dos oportunidades.
Desde temprano sentí atracción por los discursos bien estructurados y convincentes. Me sedujo la efervescencia política, se avecinaban las elecciones presidenciales de octubre de 1938. Terminaría el predominio de la oligarquía en la dirección del poder político. Se constituyó el Frente Popular en la Convención de las Izquierdas, conglomerado que llevó a la primera magistratura a Pedro Aguirre Cerda. Se admiraban los ejemplos de las victorias de los Frentes Populares de Francia y España, que llevaron a las respectivas presidencias a León Blum y Manuel Azaña.
En Chile emergió la figura de un sacerdote jesuita excepcional. Alberto Hurtado era un orador brillante. Recorrió el país con su mensaje de redención y amor por los humildes, “por los humillados y ofendidos”, que decía Dostoievsky. Su oratoria era atrayente. En un Mes de María seguí sus pasos por varias iglesias capitalinas para escucharlo. El 7 de diciembre de 1948 predicó en la iglesia de San Francisco, de la capital. Llegué a buena hora, vistiendo el uniforme del Ejército, pues cumplía con el servicio militar. Finalizada la liturgia vino la prédica. La imagen de la Virgen María, hermosa escultura de tamaño casi natural, se alzaba junto al púlpito mismo, iluminada en toda su dimensión.
Hurtado subió al púlpito, cerró los ojos, y al abrirlos elevó la mirada hacia la imagen, se dirigió a ella y escuchamos una pieza oratoria excepcional, de tanta convicción que si nos hubiera conminado a desalojar a los mercaderes del templo, allí mismo las habríamos emprendido contra no sé quienes.
Iba a finalizar cuando hizo otra pausa, y con las manos juntas, implorando al Altísimo, se dirigió a la Virgen, otra vez, demandándole que en su día colme de bendiciones a los presentes y al país entero, porque ella era reina y madre a la vez, protectora de todos nosotros.
Atento al pulso del país y el mundo, discurrió fundar una revista, que llamó Mensaje, la que hasta estos días, regularmente nos recuerda la inspiración cristiana del fundador. La divisa de la revista es “Un mensaje cristiano para el mundo de hoy”.
El Padre Hurtado reflejaba en su rostro de hombre bueno y sensible, en su clara mirada, la potencia de su fe. Había que creerle. El dolor y el hambre de los pobres, el desamparo de los humildes, lo herían en el alma. Imposible era no seguirle.
Por ello, Alberto Hurtado es uno de los grandes valores de la Iglesia Católica de Chile. Un inclito varón que vivió su fe y la trasmitió por medio de su palabra privilegiada de orador sagrado, a la manera del obispo de Francia J.B. Bossuet.
Su alegría de vivir la expresaba en su frase favorita: “Contento, Señor, contento…”