Muchos extranjeros que han estado en Chile por un rato que ya no podemos catalogar de visita nos han dejado huella…y han dicho cosas dignas de recordar. Ya clásica es la obra de María Gram., “Diario de mi residencia en Chile”, en donde aparte de acusar de drogadicto a José de San Martín (no era chileno, por si acaso), alabar la calidad de nuestras papas, acusa que el despecho del chileno “es la consecuencia de sus aspiraciones tan limitadas”.
Por su parte, a Claude Bowers, embajador de Gringolandia en Chile (1939-1953) le llamó la atención la exagerada preocupación de los chilenos por la política y le sorprendió que senadores y diputados “no necesitan vivir en los distritos que representan, como en Inglaterra”. Como muchos, Bowers quedó pasmado con los parajes del sur de Chile, encontró que la cueca es un baile tan excitante y apasionado como el de los gitanos en las cavernas de Granada y sentenció que “los taxistas son mucho más acertados que los políticos para predecir el resultado de una elección”.
Otro forastero que nos dejó un libro con sus andaduras por este enjuto país fue Paul Treutler, un alemán que estuvo por estas tierras entre los años 1851 y 1863. “Andanzas de un alemán en Chile” es un texto tan franco como escaso. Capturó la atención de este alemán francote la irresponsabilidad del trabajador chileno. Y lo dice sin afeites, con todas sus letras: “(…) era un negocio perfectamente organizado: los mineros hurtaban los minerales más ricos y los gastaban en las chinganas con prostitutas y mercaderes.
Muy característica era la costumbre de los mineros de acuerdo con la cual nadie debía poseer un céntimo en la mañana del lunes siguiente al día de pago, al iniciar de nuevo el trabajo. El que no lo había gastado todo el domingo era tratado con menosprecio” (página 123).
Miguel de Unamuno le contaba en carta a su amigo chileno Lucho Ross que éramos un país emotivo más que racional. No aportó nada nuevo, pero lo dijo un genio.
Salvador de Madariaga nos encontró más envidiosos que los españoles (¡háganme ésa!) y el Conde de Keyserling señaló que el chileno hace las cosas bien, pero sólo cuando tiene ganas.
Pero, ¿qué dice un extranjero radicado en el Chile de hoy?
Interesante es el caso de Neil Davidson, el joven británico autor de “The chilean way”, un libro insustituible y parido al amparo de la naciente “Editorial Qué Leo”
De las primeras cosas que le llamó la atención a Davidson fue esa compulsiva tendencia del chileno a dejar todo para mañana. Claro, el mañana del chileno puede durar mucho tiempo, pero jamás 24 horas. También advierte ese hábito ancestral de pensar en patota. Acá el que tiene pensamiento propio suele ser mirado como médico con funeraria. Es decir, como altamente sospechoso.
El autor deja en claro que los chilenos “no son ni agricultores ni industriales, no producen nada tangible, y se dedican a hablar demasiado por teléfono.. De la tendencia atávica a hablar por fono se deduce que los problemas acá son mejor analizamos que solucionados.
“The chilean way” es un libro imposible de dejar de leer, de releer y recomendar.