Máximo Pacheco Gómez avanzaba en edad cuando el hilo vital se cortó a los ochenta y siete años. El mundo académico, político e intelectual ha inclinado sus pendones en homenaje a quien reunió en su personalidad características de excelencia.
Profesor de Derecho, claro en la exposición y sólido en doctrina, su magisterio será recordado por los alumnos que tuvieron el privilegio de beber en sus lecciones no sólo la teoría sino la consecuencia ideológica reflejada en su conducta pública.
Integró las huestes primigenias de avanzada del pensamiento social cristiano cuando éstas dejaron atrás las interpretaciones conciliadoras de los intereses de los poderosos, fríos, egoístas y adoradores del becerro de oro, con los de los “humillados y ofendidos” de que habló Dostoievsky.
Ante el alineamiento del viejo partido conservador con el liberal en un amasijo de las filas oligárquicas, la juventud del primero estalló en rebeldía inspirándose en el pensamiento social de la Iglesia Católica. Se proyectaban las encíclicas papales con acento social enarboladas en nuestro país por el obispo Larraín Cotapos, de Talca.
Los jóvenes estudiantes católicos Eduardo Frei, Bernardo Leighton, Máximo Pacheco, Raúl Le Roy, Guillermo Garretón y otros hicieron suyas las nuevas banderas.
El pensamiento de Jacques Maritain los inspiraba desde la vieja Europa y ello se reflejó en la correlación nueva de las fuerzas políticas. Pacheco fue ministro de Educación y senador por la VII Región, ejerció el periodismo y destacó como diplomático en la Unión Soviética y el Vaticano.
Fue vicepresidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Nutrido en el conocimiento de la Edad Media, llamó la atención hacia la labor de las universidades de Bolonia y Padua. Tuve el privilegio de asistir a sus conferencias sobre estos temas, que merecieron ser llevadas a las prensas. Por lo mismo, no fue casual que la primera le honrara con el título de Doctor Honoris Causa. Su desaparecimiento enluta a la inteligencia del país.
La ejecutoria múltiple de Máximo Pacheco sobrepasó los linderos del derecho, la diplomacia, la política y el servicio público.
Sin condicionamientos ideológicos ni de estrechos partidismos, el país entero le reconoce su calidad de patriota y servidor público. Fue un hombre sin dobleces, un ser humano excepcional, “un hombre de verdad”.