Nada es seguro mientras no se ratifiquen los eventuales acuerdos. Pero este fin de semana, finalmente, parecía que el largo túnel estaba llegando a la salida. En Valparaíso, el miércoles, mientras miles de estudiantes ocupaban las calles, los dirigentes de la Confederación de Estudiantes de Chile se reunieron oficialmente con las autoridades de la Cámara de Diputados y el Senado.
El martes dirigentes de la FECH habían tenido ya un encuentro con la oposición, pero negaron que ello implicara la inminencia de un acuerdo.
Por su parte, Camila Vallejo apuntó que “no se trata sólo de hacer opinión con la oposición, sino que tiene que ser un acuerdo transversal. Es responsabilidad de todas las bancadas, de todos los sectores políticos atender y representar una demanda que es mayoritaria”. Son palabras que contrastan con sus expresiones de unos días antes a La Segunda, cuando dictaminó que “se está configurando un escenario para un acuerdo, entre la Alianza y la Concertación. Queremos evitar que eso suceda”.
Esta vez apuntó a que “tiene que haber acercamientos, pero deben ser de cara al mundo social, a una mayoría y no solamente entre dos coaliciones políticas que no están representando al ciento por ciento la aspiración de este movimiento y de este mundo social que clama por educación pública, de calidad, gratuita y democratizada”.
Es un cambio trascendental. No olvidemos que esta ha sido una larga batalla, que dejó decenas de heridos y detenidos. Partió como una protesta contra el excesivo endeudamiento de los estudiantes y sus padres y pronto -como un eco de las manifestaciones de los indignados de Europa- se inflamó con nuevas y más radicalizadas consignas.
El paroxismo se alcanzó cuando la dirigente estrella anunció que estaban dispuestos a impedir cualquier acuerdo en el Congreso entre la Alianza y la oposición. Coincidentemente, en ese momento se anunció su integración al Comité Central de la Juventud del Partido Comunista y su probable candidatura a la Cámara de Diputados.
Este descorrimiento de todo velo acerca de sus creencias partidistas ayuda al proceso. Pero no se debe dejar pasar la grave inconsecuencia de aparecer como militante de un partido político y sostener al mismo tiempo que las batallas se deban seguir dando en la calle. Es, sin duda, lo que ahora molesta a los sectores más radicalizados que se niegan a ceder posiciones, como ha ocurrido en la USACH.
Este nuevo escenario que se insinúa debería también ayudar a la oposición, en especial a los partidos de la Concertación.
Nadie ignora que a veces el debate parlamentario puede entramparse, y hacerse estéril y poco productivo. Pero, precisamente, si se considera los vacíos e insuficiencias que se han puesto en evidencia en el último tiempo, el gran esfuerzo debería ir a su canalización a través de todas las fuerzas políticas, sin perjuicio de cautelar su acción.