Se celebró el Día del Profesor Rural. Esto, en homenaje a Gabriela Mistral. Nada más justo que este homenaje a la maestra de origen pobre y campesino que llegó a ser profesora normalista. Celebrar este Día es también una coyuntura para el merecido reconocimiento a innumerables contingentes de maestros que en los más abruptos y apartados recovecos de nuestra geografía enseñan y modelan ciudadanos.
Mis ocho años de director de la escuela Nº 33 de la isla Santa María, en Puerto Norte, me confieren autoridad para tratar el tema. Ni el Visitador de Escuela Primarias, profesor Quiterio Chávez, supo darme noticias de la ínsula a la que me enviaba desde el sofocante calor santiaguino.
Funcionaba en la isla de Colonia Penal de Readaptación que reunía a ochenta confinados, completando las condenas en régimen de semilibertad; cultivaban la tierra, pescaban y salaban pescado, había también algunos talleres. Los gendarmes, carabina en mano, vigilaban el cumplimiento de las faenas.
El Puerto Sur había agricultores y pescadores. La isla se despliega en tres mi quinientas hectáreas provistas de pastizales aptos para el ganado vacuno. Belarmino Ormeño, latifundista de la zona, la arrendaba a la Municipalidad de Arauco. En ella engordaba el ganado flaco, originario de tierra firme. Cumplido el cometido, los vacunos se transaban en la Feria de Chimbarongo a buen precio. La escuela de Puerto Sur era dirigida por Cornelio Lavanchy y su esposa Elbia Merino, colegas inolvidables, de amistad extendida, cuyo hogar era abierto y propicio. El actual rector de la Universidad de Concepción, Dr. Sergio Lavanchy Merino, es hijo de ellos y aprendió las primeras letras mano a mano con los condiscípulos isleños en la escuela en que se desempeñaban sus padres.
La escuela de Puerto Norte era dirigida por el autor de estas líneas. Carlos Jerez era el profesor ayudante. Este joven de Arauco era excelente jinete, pedagogo nato y amigo sin fronteras. Su caballo era el dinámico corralero “Guayacán” y el mío “Arlequín”, equino manso u obediente. Atendíamos ciento veinte alumnos e instalamos una biblioteca. La Empresa “Zig-Zag”, de la que había sido corrector de pruebas, nos descontaba un porcentaje de las compras que hacíamos con el dinero reunido por los alumnos: una deferencia para el ex funcionario. En mi desempeño en la isla aprobé el curso de interinato y posteriormente cursé en la Escuela Normal Superior “José Abelardo Núñez” (la “Universidad del Magisterio Primario”) el curso en que obtuve el título de “Profesor de Educación Primaria Urbana”. Contraje matrimonio con Maruja González y en 1955 retornamos a esta tierra madre con dos hijos. Allá dejamos recuerdos, compadres, amigos, discípulos y toda la comunidad que nos despidió en la mañana del 10 de agosto, congregada en la playa, mientras la “Santa Isabel”, con nosotros a bordo, abandonaba el fondeadero. Los pañuelos de los isleños se agitaron hasta perderse en la distancia. Los afectos y recuerdos que allá dejamos, perviven. Isla Santa María, plena de historia, marcó para siempre nuestras existencias. En el Golfo de Arauco aquella mañana dejábamos parte de nuestras vidas, en la inmensidad del océano.