Tengo a la vista un artículo interesante escrito por Ricardo Valenzuela Gaymer titulado “Fitz-Roy, de la Tierra del Fuego” y en el que me baso para resaltar las condiciones humanas de este insigne marino, que en dilatadas expediciones estudió el laberinto austral, “porque ninguna de las anteriores campañas tuvo la importancia de ella en duración y eficacia, en intensidad y esfuerzo para mostrar al mundo la extraña geografía de este lejano lugar de la tierra. A lo que habría que agregar la dedicación e intenciones altamente humanitarias del capitán para con los indígenas”.
El trabajo de Ricardo Valenzuela destaca el calor humano del capitán Robert Fitz-Roy dedicado a los nativos, cosa que ninguna expedición anterior había hecho; al estudio de sus costumbres y su resolución altruista de llevarlos a Inglaterra. Fitz-Roy vivió obsesionado de la Tierra del Fuego, sentía nostalgia por las nieves y nieblas fantasmales que posan y deslizan de los cerros, de los vientos bulliciosos que descienden de acantilados, de las lluvias torrenciales y de todo el laberinto que forman los canales. Fitz-Roy trabajaba intensamente y en medio de sus actividades había inventado un tipo de barómetros y establecido un código de señales que fue de gran utilidad para los marinos. Colaboraba con publicaciones científicas en la revista de la Royal Geographical Society en beneficio de la navegación, exponiendo sus conocimientos y experiencias después de haber recorrido durante nueve años los rincones del extremo sudamericano. Fitz-Roy escribió al ilustre marino Parker King lo siguiente: “Estando ya por alejarnos de la costa fueguina decidí conservar a estos indígenas a bordo, vistos que se manifestaban enteramente alegres y satisfechos de su situación; y pensé que una corta estadía de ellos en Inglaterra podría acarrear muchos beneficios”. Eran cuatro aborígenes. Los vistió con ropa marinera y los mantuvo a sus expensas hasta cuando los retornó a su lugar de origen.
Ricardo Valenzuela cuenta que Fitz-Roy llevó en su expedición al científico Charles Darwin y que éste publicó una “Autobiografía” cuando tenía sesenta y siete años y ya el capitán había muerto. En ella expone algunos tópicos referentes al carácter del marino, que era muy singular y lleno de rasgos nobles, devoto de sus deberes, tolerante frente a las faltas, temerario, resuelto, de una indomable energía y ardiente inclinación por todo lo sometido a su influjo; que se hubiera metido en cualquier suerte de dificultades para ayudar a quienes creía que merecían su apoyo. Era un hombre encantador, con todas las características del “gentleman”, de maneras refinadas y cortesanas. Nunca tuvo reconocimientos significativos ni de alto nivel, aparte del aprecio de sus inferiores que sabían de la generosidad del marino, de su sentido de responsabilidad moral, de su simpatía por las razas inferiores y de su trato, que en todo momento revelaba al caballero.
En sus últimos años Fitz-Roy había empobrecido debido, seguramente, a su generosidad. Después de su muerte se hizo una suscripción para pagar sus deudas. Tuvo un fin triste. Se suicidó. En sus días finles solían verle de paso por las oficinas del Almirantazgo británico y algunos oficiales de la nueva generación que sabían de sus viajes y proezas murmuraban:
- ¡Ahí va el viejo Fitz-Roy del Cabo de Hornos!
Ricardo Valenzuela expresa al término de su trabajo:
“Un día cualquiera de 1865, se degolló en su habitación, con una navaja de afeitar, Su recuerdo y el de sus andanzas; quizá su alma, vagarán eternamente entre las islas y canales de la Tierra del Fuego”.