Hubo un tiempo en que yo tenía una fe ciega en el Viejo Pascuero, los políticos y los economistas. La irreverente realidad y los porfiados hechos me hicieron aterrizar; y hoy considero que la meteorología es una ciencia que se parece bastante a la economía. La primera no acierta nunca, y la segunda tampoco.
Hoy por hoy la disyuntiva va más en consonancia con los tiempos. Los economistas se dividen en dos categorías: los que no saben que no saben, y los que saben que no saben. Y conste que este axioma me lo enseñó Jorge Quiroz, que de economía entiende tanto como el diputado Alinco de viñas y fudres.
También existe el economista pesimista y el economista optimista.
La diferencia está en que el pesimista tiene más experiencia.
Lo que me empelota es ese aire docto con que ciertos economistas pontifican en torno a la compleja realidad. Hablan como si hubiesen llegado a este mundo con los impuestos pagados y con una seguridad que ya se la quisiera el Kike Morandé.
Aún recuerdo a un ministro de Economía del general Pinochet cuando dijo que el dólar a 39 pesos era inamovible. Poco después el Tata golpeó la mesa y el dólar se escapó como gato escaldado.
También recuerdo el pronóstico de Andrés Velasco cuando era ministro de Hacienda de la tía Michelle. Sacando más pecho que un jorobado al revés dijo con tono pomposo:
- “El país puede estar tranquilo. Este año 2007 creceremos cómodamente sobre el 5 por ciento”.
Pero su vaticinio chocó con la realidad y ese año Chile creció sólo un 4,8% muy por debajo de las expectativas.
Cuando los economistas empiecen a hacer experimentos con el dinero propio -y no con el billete ajeno- yo me los voy a tomar en serio.
Si una sugerencia les puedo hacer a mis astutos lectores es que traten de aprender lo que más puedan de Economía. Es la mejor manera de evitar ser engañado por los economistas.
Hace ya más de 2.700 años en Grecia, al pie del monte Parnaso y en medio de las montañas de la Fócida, ya funcionaba el Oráculo de Delfos, el primer servicio institucionalizado de proyecciones. Las profecías eran reveladas con una capa de sapiencia. Mediante un argot ambiguo e intrincado se anunciaba al que consultaba lo que éste quería escuchar.
No es mucho lo que ha cambiado la situación durante estos 27 siglos. A diario somos bombardeados por proyecciones económicas, generalmente fraseadas de manera floripondiosa, con procelosos significado e imposibles de ser contrastadas con la realidad.
Las vivencias empíricas me han hecho engrosar mis muy personales conocimientos de Economía. Por ejemplo, ahora tengo claro que hay recesión cuando mi vecino pierde su trabajo. La crisis se produce cuando yo pierdo el mío.
No es lo mismo, por cierto.
En consecuencia, los hechos me han llevado a concluir que la economía sirve para predecir lo que ya ha pasado.
Basta un par de predicciones recientemente aparecidas en los medios para ejemplificar esta realidad: “El precio del cobre podría subir con fuerza” y “Si el tipo de cambio continúa cayendo, el desempleo aumentará”. Unos pocos adverbios serían suficientes para enriquecer estas predicciones: cuánto, cuándo y cómo. Y es que tal cual están, pocazo contribuyen a la toma de decisiones.
A estas alturas de mi vida entiendo que un economista tiene que saber hacer predicciones, pero es más importante que sepa justificar por qué no se han cumplido sus predicciones anteriores.