Dejándose llevar…

por Jorge Abasolo | jabasoloaravena@gmail.com | 13 de junio de 2011

A veces los fines de semana parto a deambular sin rumbo fijo… y decidido a dejarme llevar por la circunstancia.
Se trata de hacerle un dribbling al tedio existencial.

En una vitrina de cierto mall veo una camisa que me gusta. Entro, pregunto por ella, pero… no hay de mi tamaño. Le insisto a la vendedora que me muestre la que está en vitrina, porque parece que me calza justo.
La saca, me la pruebo, pero no.

Me queda harto chica… como que los puños me aprietan demasiado los codos.

La chica sabe atender. Usa escote atrevido y habla susurrando, como cajera de topless. Me dice que no pierda el viaje y que me lleve un sombrero pajizo, de esos veraniegos que están en liquidación.

Me lo llevo, y al llegar a casa me miro en el espejo. Decididamente no sirvo para usar sombreros. Soy muy chico y parezco callampa. Menos mal que el sombrero no era amarillo, porque ahí la pinta de grifo no me la habría quitado nadie.

Felizmente es sábado y no estoy resuelto a amargarme.

Entonces me acuerdo del dato que me dieron de la Feria de las Pulgas, donde encontraré revistas viejas, como El Peneca, Tarzán, Ritmo, Gol y Gol o Roy Rogers. Llego al lugar preciso, atendido por una vieja chica de cutis rosado, tipo jabón de Motel, que también parece sufrir de hemorroides.

Le hago ver que ando buscando un número antiguo de la revista Estadio, donde aparece el ídolo de mis tiempos, Chocolito Ramírez, un crack del fútbol chileno cuyo estrellato duró menos que un presidente boliviano.

Pudo haberse convertido en el mejor de todos los tiempos, pero el carrete, el vino y las mujeres no le dejaban tiempo para hacerlo. Más desordenado que cama de loco, Chocolito Ramírez llegó a la Universidad Católica, pero su indisciplina ya lo había marcado.
Se concentraba en prostíbulos y tomaba alcohol como si éste se fuera a acabar. Dicen que chupaba los trece meses del año: de enero a diciembre, más el mes de María.

Otro proyecto de astro que se perdió en la noche de los tiempos y abortó cuando empezaba a brillar.

Para terminar la tarde, me sumerjo en un cine de barrio, de esos donde pasan tres películas por 500 pesos.

Las cintas no me deslumbran, porque son añejas. La primera es tan antigua que asoma Elizabeth Taylor haciendo el papel de virgen.

En la segunda cinta el papel de chica sensual, erótica y deseable lo hace la Brigitte Bardot, hoy convertida en abuela y más arrugada que elefante con celulitis,
En fin, me lo tomo con filosofía.

No vi buen cine, pero por lo menos viajé un rato por el tren de la nostalgia.
Y eso nunca es malo…