Los trabajos “Charles Darwin y la Patagonia” de Manuel Llarás Samitier y “Darwin y Chile” de Gonzalo Vial, se refieren a la segunda expedición de la nave Beagle, capitaneada por Robert Fitz-Roy en 1831. En ella participó el naturalista Charles Darwin. Estas exploraciones en la zona austral renovaron casi en su totalidad el conocimiento de la región, principalmente de Tierra del Fuego, aportando y recopilando importantes antecedentes geográficos, científicos e históricos que, posteriormente y hasta la fecha, han servido como cimiento para elaborar cartas, derroteros y otras especialidades náuticas.
Darwin generalizó su menosprecio por la Patagonia. Inspeccionó algunos lugares geográficos y efectuó varias incursiones terrestres. En una de ellas de ciento cuarenta millas, muy penosa, manifestó no haber hallado: “ni una sola gota de agua fresca” y que llevaba once horas sin probarla.
Decía que en aquellos terrenos la sequía imperaba la mayor parte del año, que eran lugares miserables y abandonados. Los indios que halló le parecieron crueles y agresivos; el paisaje invariable, “extremadamente sin interés”. No había plantas ni pastos y su fauna era pobre, aunque manifestaba que la Patagonia podría jactarse de contar con una abundancia de pequeños roedores, quizá mayor que las que puedan hallarse en otros países.
Sin embargo, no debe creerse que solo Darwin fue quien “inventara” esta visión negativa de la Patagonia, otros historiadores y expedicionarios han corroborado sus visiones al respecto, mencionando que estos parajes ofrecen un aspecto horrible, “no hay más árboles que algunos sauces a orillas de los ríos, ni mineral alguno, ni otros animales que guanacos y zorrinos”, concluían en sus estudios.
Respecto a los indígenas fueguinos, Darwin tuvo, al parecer, un conocimiento superficial, no muy científico de ellos y más bien despectivo. Con términos negativos expresaba que eran inferiores al civilizado y con una diferencia muy notoria al respecto, como la que existe entre un animal salvaje y otro doméstico, siendo “la más abyectas y miserables criaturas que jamás haya visto”. Decía que su lengua se compara a la de un hombre que carraspea, “pero por cierto ningún europeo nunca despejó su garganta con ruidos tan roncos, guturales y estridentes”. La completa desnudez de los indios, incluso de la mujer “totalmente desarrollada”, escandalizó al naturalista.
Darwin los llamó bárbaros, que su entendimiento era casi nulo y sus habilidades puro instinto, agregando: “Apenas podemos colocarnos en la posición de estos salvajes y comprender lo que hacen”. Tienen tan vil catadura de cuerpo, intelecto y bajo nivel moral, que no creen en la existencia después de la muerte, ni en ninguna forma de divinidad, ni religión. Son ajenos a los afectos familiares, tanto entre padres e hijos, como entre la mujer (“laboriosa esclava”) y el marido (“amo brutal”).
Roban cuanto ven y sobreviven a la hambruna porque matan a las indias más veteranas antes que a sus perros para comérselas y si tratan de huir las persiguen implacablemente.
Sin embargo, el prestigio universal del naturalista inglés tuvo como inicio su contacto con los fueguinos. Sus meditaciones fueron la base del “evolucionismo cultural” y de su tesis referente a los niveles inferiores, materiales e intelectuales de estos pueblos primitivos.
“El origen de las especies”, obra de Charles Darwin, es parte de sus conocimientos adquiridos a bordo de la nave expedicionaria “Beagle”, que investigó la hidrografía austral durante nueve años a principios del siglo antepasado.