Dos amigas conversan acerca de sus problemas para quedar embarazadas.
-Con mi esposo probamos distintos métodos médicos y no logramos que yo quedara embarazada.
- A nosotros nos pasaba lo mismo hasta que recurrí a un curandero.
- ¿Y pudiste quedar embarazada?
- Claro. Tengo un embarazo de tres meses.
- ¡Qué bueno! Le voy a decir a mi marido para ir adonde ese curandero.
- Ah, no, no, no. El asunto resulta solamente si vas sola…
Situaciones mundanas, de esas que enfrenta todo el mundo son las que recopila Guendelman en su libro “Cuestión de Tamaño” (Editorial Aguilar)
Por si no lo sabe, Guendelman es de los pocos columnistas de humor que van quedando en Chile, un país tan serio como inauguración de morgue y donde se toca la canción nacional hasta para entregar un pozo séptico.
Guendelman se ríe de todo y de sí mismo, lo que le hace ir por buen camino.
Su columna acerca del matrimonio me hizo recordar ese viejo chiste de mis tiempos de adolescente que decía:
- ¿En qué se parece un hombre a una gasolinera?
En que del cuello para arriba, es diesel. Del cuello hasta la cintura, es súper.
Y de la cintura para abajo, es sin plomo.
“Cuestión de tamaño” (Editorial Aguilar) es una suerte de antologías con las mejores columnas que el periodista Rodrigo Guendelman ha publicado en diversos medios.
Yo pensaba que no tenía competencia en este rubro, pero ahora la realidad me indica lo contrario.
El autor se agarra para la palanca él mismo cuando escribe una columna de lo que significa casarse “ya viejo” (Guendelman se “matrimoneó” a los 37 años) relatando que: “…por lo peludo que yo estaba a los 37 y lo madura que era ella, casi no dejamos tema fuera de la mesa :religión, platas, hijos, calidad de vida, valores, horarios, baños, clósets, autos, tamaño de la cama, lado de la cama, nanas, horas de sueño, sexo, cómo dormir (desde un principio le aclaré que me era imposible dormir abrazado), mañas varias y un largo etcétera”.
Guendelman escribe de forma desenfadada, aunque le falta el ritmo necesario para que el lector no decaiga en su lectura.
Alcanza momentos de tensión y hasta de apogeo, como cuando en torno a las ventajas de la soltería lanza esta suerte de proclama:
-“Quiero dejar en claro que soy del tipo de hombres inmaduros, asustados y trancados que están convencidos de que los niños son un enemigo de la libertad individual, que me gusta dormir hasta tarde y no quiero despertarme a las cinco de la mañana a cambiar pañales con caca, que los colegios buenos son tan caros que de solo imaginarme a dos niños en básica me doy cuenta de que con esa misma plata podría pagar las cuotas de un buen departamento, o de un auto muy caro y deportivo….”
Rodrigo tiene claro que con este libro no postulará al Pulitzer, ni al Municipal, y tampoco cambiará el destino de la literatura chilena.
Es más. Creo que ni le aumentarán el sueldo.
Pero logra entretener con finezas propias de un gallo talentoso.
En una época atiborrada de libros y donde es fácil ensartarse, el libro de Guendelman nos zamarrea, agiliza y nos sacude de la modorra.
Vale la pena leerlo.