Escuelas “tomadas”, la educación paralizada, desfiles y marchas estudiantiles y de la ciudadanía por una educación mejor, sin fines de lucro, es la realidad que vivimos en estos días. El factor educacional está en primer plano de la atención del país.
Formado como soy en la admiración por los grandes maestros y forjadores de nuestro sistema, desde O’Higgins, que estableció las escuelas lancasterianas durante su Directoría Suprema, hasta hoy, observo el curso de los acontecimientos.
Un mes antes del Cabildo Abierto del 18 de Septiembre de 1810, Juan Egaña había sometido a la consideración de Mateo de Toro y Zambrano, Gobernador y Capitán General, su famoso “Plan” que cristalizó en el Instituto Nacional. En enero de 1813 se realizó el primer censo escolar. El país retrocedió después de la derrota de Rancagua, en 1814, con la Reconquista; los patriotas sufrieron las persecuciones y el exilio. El Presidente Bulnes fundó la Escuela Normal de Preceptores y la Universidad de Chile. Manuel Montt expandió la educación general y José Manuel Balmaceda ejecutó una de las más profundas reformas educacionales. La primera reforma comprendió desde el inicio de la vida independiente hasta la ley orgánica de 1860 para la rama primaria y estructuró la secundaria. La segunda se materializó en la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria, la tercera se expresó en las Escuelas Experimentales, en 1920, y en la Ley de Reforma Educacional de 1928.
Las movilizaciones de los estudiantes de secundaria han apuntado al ministerio del ramo para que asuma la responsabilidad del pase escolar, la revolución pingüina de 2006 echó a pique la LOCE y aseguró la calidad con la agencia respectiva y la superintendencia. Se impone mejorar la educación media técnico-profesional, modernizar el equipamiento para que en más de novecientos liceos técnicos se concentre el 38% de la matrícula de la educación media, bordeando la atención de casi cuatrocientos mil alumnos.
Por estos días vivimos un paréntesis en lo educacional, la exclusión campea por sus fueros. Tenemos educación para ricos y otra para pobres, mientras se propicia una reforma profunda que comprenda el entorno, al estado docente y la eliminación del lucro en la educación pública.
Las diferencias socioeconómicas inciden en la competitividad entre un sistema escolar y otro. Será necesario apoyar con medidas especiales el sistema de escuelas públicas. En la globalidad del sistema está ejecutar una reforma educacional profunda más igualitaria para la educación. Esta significará compaginar estos cambios con las reformas políticas que las mayorías reclaman, estableciendo, entre otros, un sistema electoral auténticamente democrático lo mismo que reforzando la educación técnico-profesional. Así encuadraremos las necesidades de la educación evitando caer en el extremo de establecer una Atenas en pleno siglo veintiuno.