Club Andino

por Alfredo Soto | alfresoto@gmail.com | 10 de julio de 2012

Fue un telefonazo y en casi 10 días dejé todo botado en la ciudad de Osorno para venirme a trabajar a mi tierra, la ciudad de Punta Arenas y específicamente al Club Andino, estoy hablando de junio de 1989, y mi escueto currículo que decía de unos trabajos que realicé tanto en el centro invernal de Antillanca como en el centro de esquí la Burbuja del Volcán Osorno, todo esto sirvió para que se tomara una decisión por mandarme a buscar y darme la posibilidad de tomar las riendas administrativas del Cerro Mirador.

El primer fin de semana de esa época ya estaban abiertas las pistas y uno que otro esquiador se desplazaba por las inquietas y sinuosas pistas de esta austral estación de Esquí. El directorio de la época ya visualizaba que la manera más correcta de manejar estas instalaciones eran no como un simple club deportivo, considerando que poseía una infraestructura compleja y que no era fácil de manejar ni de administrar por los “amigos” y socios del club. De esta manera las líneas de trabajo fueron diseñadas que en vez de mantener todo bajo un sistema de concesiones temporales, el mismo club debía tener la capacidad de administrar por año completo, firmemente dando los servicios correspondientes a todos los amantes del deporte blanco en sus temporadas que por lo demás eran escasas, y al mismo tiempo desarrollar todo un plan de mantención de sus maquinarias e instalaciones, llámese Refugio, Telesilla y Pisa-nieve (una especie de tractor cuyo fin es la de preparar las pistas que queden aplanadas para su buen uso).

Y así bajo la tutela de un dinámico directorio dirigidos en esa época por los señores Roberto Movillo, “Fito” Dubrock, Roberto Monje, Gustavo Leiva, Alfonso Salles y otros que no recuerdo por el momento y que de seguro es porque no pagaban sus “tickets”, con temporadas buenas y otras con casi nada de nieve (1993), se trabajó de manera esforzada casi a puro “ñeque” de su personal.

Una de las preocupaciones máximas era la recuperación de la Telesilla que ya en esa época era de las más antiguas del país y que por la misma situación económica y por un sistema de concesión su mantención no era la más adecuada. Estando de administrador me ocupó la situación del cambio del cable de la misma telesilla que fue una labor de las más complejas realizadas y por ende del aprendizaje minucioso ante la vigilante mirada de un técnico de apellido Pereda quien era el experto para montar el cable y “encolchar” las puntas que permita operar con seguridad. Algunas sugerencias de prevención ante el funcionamiento de la Telesilla no están demás declararlas con el solo fin de contribuir.

Antes de abrir al público la Telesilla debe tener un funcionamiento de marcha blanca para que el encargado de ella revise visualmente el sistema de poleas que sostiene el cable y al mismo tiempo el motor de emergencia entre en calor y esté disponible.

Al final de la telesilla es prioritario indagar y revisar el contrapeso que debe tener por lo menos unos dos metros de altura sobre el suelo y nada de peso de nieve o hielo sobre él porque al afirmarse en el suelo el sistema del cable queda suelto y tiende a salirse de sus poleas por un efecto de “chicoteo”.

En cada estación (intermedia y cumbre) debe haber un sistema de rescate tanto en materiales técnicos (cuerdas, poleas, Jumar) como en recurso humano capacitado de tal manera que los procedimientos de emergencia sean certeros en agilidad y precisión.

Este procedimiento debe hacerse constantemente durante el día porque las oscilaciones de temperaturas hacen variar el comportamiento del cable y del contrapeso.