En el “Censo General del Territorio de Magallanes”, 1908, Lautaro Navarro Avaria menciona una antigua carrocería con el nombre de “Germania”. Dice: “En julio de 1907 se organizó esta sociedad con un capital de trescientos mil pesos, divididos en tres mil acciones de cien pesos cada una, con el fin de explotar la industria de fabricación de carros y carruajes, adquiriendo un establecimiento de esta clase que poseía en Punta Arenas, el súbdito alemán Guillermo Zarlach. La sociedad alcanzó a construir algunas instalaciones de cierto valor, pero después se ha visto en dificultades varias y actualmente se halla en liquidación.
Por aquella época las carretas, carromatos y carruajes de tracción animal eran los vehículos indispensables para el transporte de carga y conducción de pasajeros. Las carretas con bueyes eran guiadas por boyeros con picanas y los otros carruajes por carretoneros y aurigas con riendas. Todos estos medios dejaban sus huellas estampadas en los caminos y calles enlodadas. Su uso constante los deterioraba y por ende necesitaban reparaciones o se fabricaban en las carrocerías de Arístides Sánchez, J. Perriere, Balseiro y Piña, Kart Kaiser. Operaban talleres y obradores menores, que desarrollaban la misma especialidad y clavaban herraduras en los cascos de los pencos como si fuesen mocasines. Hubo dos carrocerías de importancia, “La Pampa” de Alberto Fleury y en la avenida Bulnes y “La Industrial” de José Carlos Grimaldi, que ostentaba un Premio de Honor obtenido en la Exposición de Magallanes de 1905. Ambas empresas fabricaban una diversidad de carruajes sólidos y especiales para la región como berlinas, faetones, tílburis, cabriolés, victorias, varias clases de carretones usados en faenas industriales y ganaderas y carros especiales para panaderos, lecheros, carniceros, que diariamente rodaban por las calles y repartían su mercadería en las casas de los clientes. Fabricaban un carro carnicero especial de cuatro ruedas, moderno, que conducía las reses colgadas en ganchos y las trasladaba desde el matadero o frigorífico a las carnicerías.
A la salida del muelle Blanchard estaba la plazoleta que llamaban de los carros, con abrevadero. La mayor parte de estos vehículos se dedicaba al alquiler. Muy cerca, en una esquina, había una pensión y colindante a ella un bar donde libaban los carretoneros. Por el pasaje Jurgensen se llegaba al muelle Loreto. En las explanadas de estos muelles el trabajo era asiduo y expectante. Los jornaleros llevaban al hombro sacos y bultos de diversos rubros y los depositaban en las camadas de los carros fleteros, que partían de inmediato con la carga destinada a distintas casas comerciales donde cobraban el valor de las changas.
El carretonero era un personaje típico. Se caracterizaba por su jersey, gorro de lana y medias de huiñiporra. Algunos calaban sombreros. Asían las riendas entre sus manos y azuzaban el animal con una huasca y gritos de mando. El auriga de la carroza fúnebre vestía de negro y calaba tongo. Había postillones esmerados e impecables, que conducían a los pudientes en pulcras golondrinas o faetones.
El tiempo de carretas y carros, de bueyes y caballos de tiro, parece diluirse en una estela romántica donde imperaba la forja y el fuelle. La evolución transforma las necesidades y costumbres con medios más avanzados. Y por esos caminos y calles enripiados, ahora con cemento, ruedan vehículos a motor, modernos, elegantes y con caños de escape silenciosos, muy lejos de aquellos artefactos que las bestias del pasado arrastraban en tanto exhalaban bufidos de esfuerzo y cansancio.